Ruffus tiene finura (cuento)

 

“El buen gallo ayuda a la suerte,
nunca la suerte ayuda al buen gallo”.

ANÓNIMO, REFRÁN DE GALLEROS.

 

—Lo que pasa es que tiene finura —explicó el viejo mientras observaba al gallo.

—¿Finura, qué es eso? —le pregunté.

—Este es un guerrero. Un macho de verdad.

—¿Por eso mata a todos los demás?

—Por eso mismo.

—¿Hay que matarlo?

—¡No! No seas estúpido.

—Pero mi papá dice que es un problema.

—Tu padre es un ignorante, muchacho. Si no lo quieres, déjamelo.

—No. Es mi amigo.

—¿Prefieres que termine muerto?

—Mi papá no lo matará.

—Si no lo hace seguirá matando a todos los gallos que se le crucen. Así son estos. Uno bueno te has conseguido. ¿Cómo así lo tienes, ah, sí ni sabes para qué sirve? ¿De dónde lo robaste, mocoso?

—Qué. No… no. Yo no robé nada. Lo encontré polluelo. Estaba tirado en mitad de la calle.

—¿Crees que soy cojudo? Este animalito vale un huevo de plata.

—No… no sabía señor.

—Bueno, pues, ya lo sabes. Anda dile a tu viejo que no sea tarado y me venda el gallo a buen precio. Lo cuidaré bien, y te dejaré visitarlo cuando quieras. ¿Qué dices, mocoso?

—¿En serio?

—Sí, pero para que tu “papá” no joda mucho, no le digas que el gallo vale, pues. Entiendes, ¿no? Le dices que lo usaré para que mis gallos practiquen.

La verdad es que no entendí qué pasaba. Comprendí lo que el viejo Ramón me dijo, pero no las consecuencias de lo que haría. Ese gallo era un verdadero campeón y lo dejé ir por unos miserables soles. Mi padre nunca se enteró, él estaba preocupado con su huerto y sus gallinas y al escuchar que le pagarían por deshacerse del buen Ruffus, no lo pensó dos veces. En ese entonces me pareció un buen trato: podría pasar tiempo junto a mi gallo y las aves de mi padre dejarían de morir.

No tardé mucho en notar mi error. Al principio, el viejo no me explicó cómo funcionaba el negocio. Llegué a pensar que el gallo era un bien preciado por sí mismo, una cosa rara, inusual, una especie de trofeo. A mis ocho años no comprendía la naturaleza del espectáculo, ni a la naturaleza en sí misma. El viejo me ocultó la realidad todo lo que pudo, hasta que un profundo corte en la cabeza de Ruffus hizo inevitable que protestara, que exigiera explicaciones. El viejo me las dio, en ese momento fue sincero, dijo que el mundo era y estaba hecho para hombres, y que como hombre debía conocer la verdad: Ruffus era un guerrero, esa era su principal virtud, pero, además, era un artista. El mejor “navajero” que el viejo había visto en su vida; dijo que un poco de entrenamiento bastó, que ese tipo de animales nacen preparados.

En ese momento me escandalicé. No imaginaba a mi amigo luchando a muerte. Empecé a llorar y amenacé con llevarme a mi gallo. Él dijo que ya no era mío y que si intentaba algo me zurraría a golpes y luego me llevaría donde mi padre para acusarme de ratero. ¿Qué puede un mocoso contra la opresión generacional? Nada, ahora lo sé. Pero entonces seguí llorando, lo insulté, le dije maldito, viejo de infeliz… El permaneció serio, esperó hasta que termine mi berrinche y luego me habló con tranquilidad.

—Mocoso, es su naturaleza. Han nacido para luchar.

—Pero está lastimado.

—A él no le molesta. Él vive para morir peleando. Quitarle eso es desperdiciarlo, despreciar su esencia.

—¡Maldito, quiere que muera!

—Muchacho, tal vez estás muy joven para comprender la sabiduría de la naturaleza, pero con el tiempo la comprenderás. La naturaleza nos enseña lecciones. Y la ley, la finura de los gallos, nos enseña qué es el valor, qué significa realmente. El solo observarlos es toda una lección de vida, muchacho. Te llevaré a verlos luchar. Ruffus hoy descansa, pero vamos nosotros, tal vez hasta nos encontremos con tu padre.

Mi padre realmente era ignorante. Qué se puede hacer, qué puedo decir en su defensa, si ni cuenta se dio que tenía un gallo de lidia en su corral y tampoco lo reconoció al encontrarlo meses después luchando para Don Ramón… Bueno, era un buen tipo, trabajador, obstinado, pero lamentablemente cobarde, nunca quiso ver más allá de su propia nariz. Pero la historia de mi padre es otra, y no merece la pena ser contada. Solo importa que ese día, tal y como dijo el viejo, estuvo ahí, apostando unos cuantos soles al gallo que se veía más gordo. Me miró extrañado cuando me acerqué, pero tan solo me acarició la cabeza y siguió distraído con el espectáculo; él no solía apostar, pero aquella vez lo vi bastante emocionado.

El coliseo era el lugar más concurrido del pueblo y recién me enteré ese día; los niños no tenían nada que hacer ahí pasadas las siete de la noche. Al parecer la pelea ya había empezado pero yo solo conseguía ver piernas y más piernas. El viejo me tomó de la mano y caminó conmigo abriéndose paso entre la multitud. Llegamos adelante, la arena se veía claramente. Los dos gallos se miraban fijos mientras se rodeaban. Uno saltó sobre el otro y le atinó un picotazo. Nuevamente separados, no dejaban de observarse, no dejaban de mover sus pequeñas patas para rodearse, siempre amenazantes.

Don Ramón tenía razón. Bastó tan solo observarlos un momento para comprender a qué se refería: La belleza de los gallos, la expresión máxima de valor, de coraje y terquedad; campeón no es necesariamente quien siempre gana, sino quien aguanta hasta el final, quien pese a estar al borde de la muerte, no se rinde. Y eso observé ese día. Los picotazos iban y venían, nada era seguro, solo que ambos combatientes dejaban todo de sí en la arena. Fue magnífico. Vi al animal como lo que era, más que una simple mascota, más que un amigo, era un luchador, y como todo luchador, solo podía ser realmente libre en el campo de batalla.

Fue el gallo más gordo, por el que apostó mi padre, quien perdió; agonizante, intentó levantarse pero fue inútil, cayó pesadamente y su dueño entró presuroso a rescatarlo. La lucha terminó, había un campeón. Los aplausos se hicieron escuchar, muchos gritaron “¡Bravo!”, felicitaron al ganador, pero mi padre estaba entre los pocos incómodos que no supieron apostar. Su noche se había echado a perder pues arriesgó convencido que el tamaño sería determinante. Se maldecía por haber derrochado dinero; consideraba al juego un mal hábito y por eso le bastaba entretenerse con el espectáculo. Pero ese día se aventuró y, al perder, se enfureció, y recién reflexionó sobre mi presencia en el coliseo.

Mi padre caminó entre la gente y se acercó al viejo para increparle el haberme traído. Don Ramón lo miraba tranquilo, intentó explicarle que no era nada malo, pero él no entendía, me tomó del brazo y me llevó a casa casi a rastras. Mientras andábamos, me exigió no volver a ver al viejo, dijo haber escuchado cosas malas de él y, además, lo sabía apostador.

¿Cosas malas? Si todo el pueblo respetaba al viejo. ¿Apostador? Pues sí, pero qué tiene de malo apostar si es con mesura, si se hace por diversión o si estás seguro de ganar… mientras no sea más que unos pocos soles. El viejo fue muy claro con eso cuando volví a verlo —pues empecé a escabullirme cada vez que pude—, explicó que la diferencia entre el ser una persona normal y un ludópata consistía en la delgada línea de la mesura, y es así con todo, el que bebe no hace nada malo, salvo cuando supera la línea; comer es indispensable para nuestra supervivencia, pero saltarnos la delgada línea termina siendo perjudicial. Don Ramón siempre dijo que el mundo era más simple de lo que parecía, y que lo más difícil para todo ser humano, consistía justamente en entender esa simplicidad.

Sucede que mi padre era un idiota. Esa es la triste realidad. Ahora que me encuentro en la ciudad, ahora que sé qué es eso de los test de coeficiente intelectual, puedo decir convencido que mi progenitor era un fronterizo. Eso me produjo miedo por mucho tiempo; si él era estúpido, significaba que también yo debía serlo. Pero, en la academia, un profesor me explicó que los genes predominantes son los de la madre; es decir, que tengo más de mi madre que de mi padre y, según pude averiguar, pues mi madre falleció cuando yo acababa de cumplir dos años, ella era bastante “despierta”. Una verdadera suerte todos esos detalles de la genética.

Y al igual que con los seres humanos, la genética importa en los gallos de lidia. Luego de mi primer encuentro con la gallística, no pude sacarla de mi mente. Lo que vi fue simplemente hermoso. Y si bien en un principio las palabras del viejo me parecieron vacías, luego de tener a las aves en frente, se tornaron en una verdad irrefutable; el garbo, el porte, la solemnidad, el vigor y la astucia, cada una de esas virtudes se dibujaban claramente en los gladiadores nacidos para morir en la arena.

Adquirí respeto por esas aves y le pedí al viejo Ramón que me instruya, quería conocer a los gallos tan bien como él los conocía; quería ver y comprender el mundo como él lo comprendía. No sabía por qué, qué buscaba yo con todo eso, por qué empecé a alejarme cada vez más de casa para aprender sobre la vida, sobre el respeto a la naturaleza de las cosas. Sucede que el pueblo me quedaba chico, ahora lo sé, ahora entiendo mucho de lo que no entendí hasta que salí a conocer el mundo.

Don Ramón me explicó todo lo mejor que pudo. Dijo que la mayoría de personas son mediocres, traicioneras y cobardes, que la finura, así como en los gallos, no suele estar presente en los seres humanos. La ley, la finura o la casta, como uno quiera llamarla, es lo más importante, es lo que determina su voluntad, su vigor, su magnanimidad, y al igual que con los humanos, eso lo transmite la madre; es por eso que las gallinas que tienen hijos campeones no se venden, tan solo se prestan o se regalan entre galleros como muestra de respeto y amistad.

Cuando uno es mocoso no entiende las lecciones que nos dan los más viejos, pero vale la pena escucharlos. Su experiencia suele darles la razón. Al salir del pueblo me enfrenté a una realidad completamente distinta a la vivida hasta entonces. El caos de la ciudad más de una vez me ha hecho extrañar mi viejo catre, mi habitación sin puerta, y al buen Ruffus. Mi padre… siempre fue un alma en pena, tal vez su estupidez, sumada a la tragedia de la muerte de mi madre, terminó de fundir algo en su cerebro; casi se volvió orate o idiota, no lo sé. Salí muy joven, ya ni recuerdo su rostro…

Ruffus ganaba cada lucha. Semana tras semana, se llevaba los premios y si bien yo no podía ir a verlo para no encontrarme a mi padre, el viejo Ramón compartía una parte de la ganancia conmigo. Me daba cinco miserables soles, que si bien en ese entonces me parecían bastante, ahora sé que no era nada por el dineral que hacía con mi gallo. Pero a esa edad, ¿qué gastos podía tener? Casi ninguno, así que me dediqué a ahorrar. Empecé a guardar las monedas bajo mi cama, convencido de que mi padre nunca se daría tiempo de limpiar mi habitación, y estaba en lo correcto. A los meses ya tenía cincuenta soles, que terminaría usando para subirme a un bus y cambiar mi vida.

Tuvieron que pasar muchas cosas antes de eso: Muchas lecciones de Don Ramón; es increíble todo lo que uno puede aprender de niño, pues si bien en un principio no seguí sus recomendaciones sobre la vida, luego de un tiempo en la ciudad noté que el viejo siempre tuvo la razón. A esas lecciones se suman la innumerable cantidad de veces que tuve que curarle las heridas a mi gallo. Ver a Ruffus lastimado siempre me generó diversas sensaciones, pero la predominante, la que se imponía sobre las demás, era la de orgullo: por esa fuerza que emanaba, por ese impulso de vida que parecía imposible de apagar… Incluso luego de las más fuertes palizas, mi gallo siempre buscaba ponerse de pie y aguantar, recio, como macho, las curaciones.

Esa etapa no duró mucho; unos meses, medio año si no mal recuerdo. Ya ni sé qué día salí del pueblo. Había aprendido bastante sobre gallos, el viejo realmente era un buen maestro, me enseñó cómo cuidar y entrenar a los animales. Ruffus siempre fue el mejor, no perdía ninguna pelea. Cuando terminaba demasiado magullado, significaba que el otro gladiador había perecido en la arena.

El mundo es violento, se mueve más rápido de lo que esperamos, cuando nos damos cuenta ya el tiempo pasó; lamentarse por la muerte de los guerreros resultaba absurdo. “Llora por tu padre cuando muera, por tus amigos, pero no por el guerrero que murió valientemente, en su ley, con su finura”. Las palabras del viejo me mantuvieron con vida las frías noches que pasé a la intemperie los primeros días luego de comenzar mi gran viaje.

Creo que Don Ramón sabía que un día cogería mis cosas y me largaría, por eso me preparó, me enseñó un oficio mejor que el de limpiabotas y cuando llegó el momento, no intentó detenerme. Estaba listo para la calle, para emprender el largo camino que me tenía deparado el destino. Yo debía salir de ese pueblo. Todo lo que sucedió en mi vida, fue, de a pocos, llevándome hasta donde estoy. Y pese a todo, aún quiero más, yo siempre quiero más; no pararé hasta exhalar mi último aliento… El viejo me lo dijo cuando regresó con Ruffus muerto entre sus brazos: “No te derrumbes, mocoso, que tú también tienes finura”. Luego de eso, tomé mis cosas, y fui a enfrentar mi propia ley.

Por: Carlos de la Torre Paredes

Reseña: Los Viejos Salvajes y Campos de Batalla de Carlos de la Torre Paredes – Tanya Tynjala

(Publicado en Amazing Stories el 26 de marzo de 2015).

Los Viejos Salvajes
Peithos Editores
ISBN: 978-612-46264-2-5
Lima, 2012

Campos de Batalla
Ediciones Altazor
ISBN: 978-612-4215-08-7
Lima, 2013

El joven escritor Carlos de la Torre Paredes empieza con buen pié en la literatura peruana. Su novela de ciencia ficción “Los Viejos Salvajes”, quedó segunda mención honrosa en el IV Premio Cámara Peruana del Libro de Novela Breve en 2012. Cabe mencionar que al mismo tiempo nos abre puertas a otros escritores de ciencia ficción, al ser éste un premio de literatura “mainstream”.

Esta novela corta se podría catalogar dentro del sub género de la Space Opera, por sus verosímiles descripciones de naves espaciales y batallas galácticas. Los personajes están bien construidos, sin demasiadas descripciones evidentes, sino más bien con situaciones que nos muestran sus personalidades mediante actos. Por otro lado no son personajes unidimensionales, sino que tienen sus cualidades y defectos, como todo ser humano normal. La narración fluye naturalmente tanto así que yo, que siempre me paso de largo descripciones de naves y enfrentamientos, no tuve la necesidad de hacerlo en este caso (sí, crucifíquenme si quieren, puristas del género: no pienso aguantarme descripciones de naves que ni siquiera existen en la realidad, simplemente me aburro). Si bien algunas veces las descripciones detallistas resultan pesadas, sin embargo funcionan dentro del relato, porque al estar en un lugar cerrado (la nave espacial) esos detalles nos hacen entrar en ese ambiente monótono e impersonal que debe resultar una nave de esa naturaleza, en donde “no hay nada más que hacer”.

Como referentes de esta novela se pueden nombrar Solaris de Stanislaw Lem o Alguien Mora en el Viento, del chileno Hugo campos de batallaCorrea. En efecto al igual que en las novelas nombradas los personajes de los Viejos Salvajes se enfrentan con una entidad que les hace toma conciencia de sus limitaciones antropomórficas y que lleva al lector a cuestionarse el significado de la naturaleza humana, de la solidaridad, de la fidelidad de las relaciones y más profundos sentimientos del hombre. Pero si en Solaris la “entidad” enfrenta a los personajes con sus culpas y en “Alguien Mora en el Viento” le hace entender su absurda soberbia, en la obra de Carlos de la Torre Paredes, esta entidad toma la forma de los más oscuros sentimientos del alma humana para así llevarla a su propia aniquilación.

Un solo detalle me ha perturbado la placentera lectura de esta novela y es el uso de notas a pié de página para “explicar”, sobre todo de qué tipo de nave se está hablando. Me parece completamente innecesario especialmente cuando la nota repite lo ya dicho en el relato, como en el ejemplo siguiente:

“El piloto empieza a escapar rogando que ningún misil lo alcance, menos un MJ-1 (11), pues apagaría su motor […]”
La nota a pié de página dice: (11) Misil diseñado para interrumpir temporalmente el funcionamiento de los motores.

¿Ven a lo que me refiero? La razón tras el uso (o abuso) de las notas a píe de página se aclara en el capítulo VII (pág. 139), cuando el narrador habla de un topo y la nota explica que se trata de un: “pequeño roedor terrícola que, según los libros de historia natural, vivía bajo tierra y padecía de ceguera ante la luz”. Es en ese momento que entendemos que no estamos ante un libro que nos presenta un futuro desconocido, sino que ha sido escrito PARA, los lectores de ese futuro y por lo tanto ellos necesitan esas notas que les explican una realidad que ya no existe. Sin embargo esta nota llega muy tarde y yo ya me convencí de que el autor cree que soy tan tonta que no voy a entender la maquinaria que describe. Pero este juego de escribir un libro no pensando en nuestro presente como lectores objetivos sino en unos lectores que forman parte del mundo posible descrito en la obra, me gusta. Solo hubiese querido que una nota como la del topo hubiera llegado más temprano en la narración, para poder disfrutar del detalle desde el principio.

Herederos del cosmos lvs imagen 2Otro detalle más que negativo, pero esto no es error del autor, es el comentario de la contratapa, realizada por el gran escritor, sobre todo de literatura infantil, Oscar Colchado Lucio. Dice la nota: “Hay un gran conocimiento de las interioridades de las naves espaciales y de su desplazamiento en el cosmos”. ¿En serio? En ese caso nos encontramos ante un vidente, pues dichas “naves espaciales” no existen en nuestra realidad. Una cosa es que el mundo posible esté verosímilmente construido y otra cosa es que sea acorde con la realidad. Esa es una regla básica de la literatura y se aplica mucho más a la vertiente fantástica y sus sub géneros.

Pienso que es importante que los libros del género sean reseñados, prologados, etc. por gente que sepa del mismo. No sé de quién fue la idea de pedirle una comentario a Oscar Colchado, pero vemos el resultado de escribir sobre lo que no se sabe.
“Campos de Batalla” no es una novela de ciencia ficción, sino más bien de fantasía. En ella también nos encontramos con una entidad que en este caso se alimenta de la guerra, del sufrimiento humano y nuevamente el personaje principal se enfrenta a sus más profundos sentimientos, que la obligaron una vez y la siguen obligando a tomar dolorosas decisiones.

Esta corta novela tiene una estructura de cajas chinas y por lo tanto dos narradores, lo que no impide que sea fluida y de fácil lectura. Ni el misterioso “Nadie” del principio del relato, ni la historia narrada por el hijo que regresa nos revelan el sorprendente final. Y es que Carlos de la Torre Paredes es sin lugar a dudas un narrador magistral. Esta novela al igual que la anteriro, nos ofrece múltiples lecturas, la primera simplemente como diversión, la segunda más profunda nos hace cuestionarnos el significado de la humanidad, de la amistad, de la lealtad, es decir de nuestros sentimientos.

En conclusión dos novelas cortas que recomiendo y un autor al que no hay que perder de vista.

Reseña – Herederos del cosmos: Los viejos salvajes – Elton Honores

Carlos de la Torres Paredes. Herederos del cosmos – Los viejos salvajes. Lima: La nave, 2015. 154 pp.

 

Herederos del cosmos lvs imagen 2

Los viejos salvajes de Carlos de la torre irrumpe en el panorama local en el año 2012 al ser finalista del IV Premio de la CPL. Su presencia resultó insólita teniendo en cuenta que la corriente principal o “mainstream” nunca estuvo interesada en la CF, menos aún la narrativa de aventuras. Las aventuras o bien se instalaron en el medio local a través de las historietas y comics en los años 50 o bien surgió desde una narrativa épica ligada a las reivindicaciones de los movimientos campesinos (casi siempre condenadas al fracaso), pero no desde códigos de la CF o de lo fantástico. Excepciones son los casos de José Estremadoyro en Glasskán o José Adolph en la magistralMañana, las ratas. Lo que hoy acontece es, sin duda, un fenómeno generacional y a la vez global. Una generación de escritores que influenciados por el mundo del cine, los juegos de rol y videojuegos, producen sus ficciones desde estos paradigmas. Esto nos lleva a reflexionar sobre una cuestión previa: el carácter de la literatura como entretenimiento. Para muchos, la literatura no debe entretener, es una función menor, secundaria de la literatura como arte, pues hace de aquella algo evasivo. Pero nada se construye ex nihilo, es decir, nada se crea de la nada, menos aún en literatura.

Es difícil saber cuál será el futuro de un escritor novel, con una opera prima, aunque el autor ha publicado ya dos textos más que forman otra saga: Campos de batalla (2013) y Cuando la sangre importa (2015). Sin embargo, Los viejos salvajes obtuvo críticas positivas. Por ejemplo. Benjamín Roman (2013) sostiene que es una novela de “[…] ciencia ficción-terror-aventura […] [con personajes] Humanos con reacciones psicológicas extremas, posesos cuyas mentes no diferencian su realidad con la realidad, canibalismo, parafilias. Implacables ataques organizados de una especie alienígena contra los humanos”. El gurú de la CF peruana, el faraón Daniel Salvo (2013), sostiene que en la novela “[…] la humanidad galáctica ya no está integrada solamente por descendientes de anglosajones, sino por representantes de un mundo que en realidad es más diverso de lo que se pensaba. Tanto es así, que no existe una sola entidad política que represente a los humanos, sino varias, una de ellas, descendiente de nuestra propia cultura latina. Y es justamente este eterno intercambio/choque entre culturas el origen de varias de las subtramas del libro, Parece que los seres humanos siempre nos estaremos enfrentando a los peligros de lo desconocido, y también, entre nosotros mismos”.

Igualmente, Tanya Tynjälä (2015), establece relaciones con dos clásicos de la CF: “Solaris de Stanislaw Lem o Alguien Mora en el Viento, del chileno Hugo Correa. En efecto al igual que en las novelas nombradas los personajes de los Viejos Salvajes se enfrentan con una entidad que les hace toma conciencia de sus limitaciones antropomórficas y que lleva al lector a cuestionarse el significado de la naturaleza humana, de la solidaridad, de la fidelidad de las relaciones y más profundos sentimientos del hombre. Pero si en Solaris la “entidad” enfrenta a los personajes con sus culpas y en “Alguien Mora en el Viento” le hace entender su absurda soberbia, en la obra de Carlos de la Torre Paredes, esta entidad toma la forma de los más oscuros sentimientos del alma humana para así llevarla a su propia aniquilación”.

Hasta aquí observamos que la recepción de la novela es básicamente producida por narradores. No existe aún un aparato crítico permanente que procese esta variada producción que cada año aumenta. A lo ya dicho en una reseña anterior (ver blog “Iluminaciones”) solo agregaré un par de reflexiones que surgen de esta nueva lectura, al modo de glosa: hay un futuro implícito en la novela. En ese futuro todavía pervive el conflicto entre la civilización y la barbarie. Ser civilizado significa estar dentro del sistema, estar integrado al orden; mientras que lo bárbaro supone vivir fuera del sistema, al margen, en la anarquía. Evidentemente los personajes, los “viejos salvajes” viven des-integrados al sistema. Solo viven para la aventura militar-violenta. Las únicas fantasías que aparecen como flashes son las de dejar esa vida para formar una familia con alguna mujer latina. Y aquí encontramos un problema: la mujer. Las mujeres no aparecen en la novela ¿pero, tendrían que hacerlo? Desde el presente extratextual, esos cambios (mayor participación de la mujer en las esferas de lo público) son necesarios. Pero en este futuro, estas demandas se suspenden (no hay lucha de clases, ni racismo). La realidad se uniformiza, se homologa. Todos están conectados en una globalidad, que mantiene la tradición. Cuando es mencionada la mujer o es un objeto sexual, o debe cumplir la función de madre o incluso es objeto alimenticio por un rito caníbal (algo muy real y que algunas personas todavía piensan así, por ejemplo, los golpeadores que adornan los programas de tv. de entretenimiento local). El narrador no ha inventado nada. Lo fundamental en las narrativas populares es que recoge un imaginario vigente. Pero el lector discute ese mismo imaginario. La conclusión es que desde el punto de vista tradicional, la aventura está ligada al universo masculino, en ella no intervienen las mujeres o en su defecto, acompañan al héroe, son objetos de deseo, pero no sujetos que buscan.

A nivel formal la novela se construye sobre la base de la estética del videojuego, con sus victorias que se van acumulando y contando, como puntos o créditos para seguir subsistiendo, y los seres monstruosos alteridad-oponente a los que hay que vencer. La vida es entendida como un videojuego en el que hay que matar para sobrevivir. Y a nivel ideológico, hay una añoranza en estos “viejos salvajes” que puede sintetizarse en la frase: “todo tiempo pasado fue mejor”. Entonces, ¿podemos afirmar que la novela es más conservadora y menos subversiva? Sí. ¿Eso la hace mejor o peor que otras narrativas? Eso depende de para quién. Son distintos los intereses tanto del lector ideal promedio como de la minoría selecta que escribe la historia del género.

 El futuro que se representa en la novela es entonces engañoso, pues se suspenden las contradicciones del presente o se mantienen solo algunas de sus claves: el imperio y la colonialidad, el control de los cuerpos, el castigo a los que transgreden el orden de cosas. Los viejos salvajes es una opera spacial que cumple su función de entretener al lector, llevarlo no tanto a un futuro sino a un escenario-espacio cerrado, a una nave perdida en el cosmos. Como aventura cumple con las expectativas del género, pero deja también en suspenso un final. Se anuncia una saga, una continuación, una serie, un universo, un mundo posible. Su complejidad dependerá de lo que el narrador desee mostrar-representar, jamás del lector, menos aún del crítico.

La principal virtud del autor es la facilidad para contarnos una historia. Coincidimos con Óscar Cochado (2012) cuando sostiene que: “Los viejos salvajes es un buen relato de ciencia ficción. El interés se mantiene en todo momento. Hay un gran conocimiento de las interioridades de las naves espaciales y de su desplazamiento en el cosmos. La prosa, muy bien manejada, da como resultado una narración fluida, de fácil lectura”. La novela cumple así con los requisitos del relato de aventuras de CF y de la literatura de entretenimiento. La excelente edición de Los viejos salvajes se complementa con las soberbias ilustraciones de Jhosep Abarca Gómez y Carlos Yáñez Gil que recogen algunas secuencias de la trama.

Elton Honores

Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Publicado por Elton Honores en el blog Iluminaciones el viernes, 24 de julio de 2015

Bye bye dinosaurios

(Artículo publicado en el diario digital Yo me llamo Perú en su sección May Neim Presenta. Enero 2015).

La adaptación, la asimilación, son actos naturales al hombre. No hay territorio demasiado hostil ni camino demasiado largo. Durante su historia, el ser humano ha hecho y deshecho, ha llegado a lugares que ni siquiera sabía que existía, ha domado a las fieras más salvajes y ha soportado calamidades, una tras otra, siempre saliendo airoso. Somos una especie realmente interesante, más que eso, fantástica, capaz de cualquier cosa – todo en su momento –, y todo cuanto sale de nosotros no es más que un reflejo, una afirmación irrefutable de nosotros, como individuos, como especie.

Por lo mismo, se puede asumir que la cultura producida por los humanos, al ser reflejo nuestro, posee todas las características que nos configuran y nos hacen moldeables. Si uno tiene buen oído, buen ojo, y algo de olfato, se dará cuenta que la cultura es una montaña rusa sin fin ni rumbo fijo. Puede pasar cualquier cosa, la cultura se adaptará como el hombre se adapta, pues la cultura nos pertenece a todos.

Sin embargo, nuestra sociedad académica es demasiado conservadora con respecto a temas artístico-culturales… y no hablo de que debamos aplaudir inodoros pegados a paredes blancas, ni nada por el estilo. Nuestros intelectuales permanecen reticentes a la adaptación que les exige el mundo. Pasa en todo, desde la literatura hasta la música. Los dinosaurios pelean por la vida en tiempos de hombres; perderán al fin y al cabo, y aparecerán nuevos dinosaurios, espero que no me toque… Y habrán nuevos hombres, y con ellos nueva cultura, que se impondrá, por las buenas, lentamente, esperando tomar el lugar que les corresponde en el ciclo.

¿Todo parece funcionar perfecto, cierto? Y en parte, sí, funciona, pero no como debería. La realidad es que los espacios culturales están realmente reducidos y son los artistas mismos, quienes por insistencia, logran posicionar sus productos artísticos – consecuencia de toda la carga cultural que los hace quienes son –. Retroalimentación que no consigue espacios para mostrarse y llegar a toda la cantidad de personas que también merecen tener acceso a ella, participar de la cultura, para disfrutar y aprender de su diversidad. Es un tema generacional, pero no en el sentido de las canas o no canas, es simplemente un juego de poder en el espacio tiempo histórico entre la tradición fija y la tradición maleable, que es la que al fin prevalecerá.

Si no se adapta… muere, y es por eso que la cultura se ha reformado tanto y se reformará siempre; como bien lo dijo Arguedas refiriéndose a la adaptación de las tradiciones andinas – lo que ha permitido que aún hoy sigan vigentes muchos de sus elementos –. Y es lo que sucede, pero muchos no quieren verlo… Hace poco, una gran cantante me comentaba que le daba lástima que en el conservatorio de música no se tomara en cuenta lo popular.

Mozart, Beethoven, Chopin, Wagner… Sí, muy buenos, pero no va con todos… Y cuando un músico peruano tiene que salir a ganarse la vida, o peor aún, cuando salen al extranjero… ¿qué le piden que toque? Lo mismo pasa en la literatura, e imagino que en la pintura. Los viejos estándares buscan mantenerse… el problema es que nuestros viejos estándares no responden a nuestra realidad en ninguna medida; no estamos en Viena ni somos un país dentro de los veinte primeros en el ranking del PBI, nuestro consumo cultural es pobre y… ¿Cuántos escuchamos Mozart?… ¿Qué tan desarrollado tiene que estar nuestro oído para poder disfrutar de la música clásica?

Yo creo que bastante.

Y no se trata de buscar melodías repetitivas e inventadas en algún laboratorio que estimulan directamente nuestros cerebros, no se trata de plantillas con lo que debería ser la literatura, ni moldes para los escultores. Se trata de adaptar la calidad a las exigencias de la época, es decir, acomodar un buen producto a la tendencia del mercado. Claro, esto ya pasa, pero con una gran resistencia del sector académico, complicando el posicionamiento de los nuevos productos.

Pero no es solo el sector académico el conservador en temas culturales, somos todos y se nota claramente con nuestra música “criolla”; ¿o es que no te has dado cuenta que cuando un fina estampa o un malpaso o cualquier otra canción que conocemos desde pequeños suena demasiado distinta a como estamos acostumbrados, se nos complica escucharla, no porque suene mal, sino porque no es como siempre?… Algo así como la sazón de mamá, si no es de ella, no sabe tan bien pese a que esté bien.

Se nos dificulta mucho aceptar lo innovador, lo distinto, simplemente porque no tenemos costumbre de hacerlo. Esto no permite un verdadero análisis y desarrollo de las tendencias que terminarán por quedar y representarnos como generación. Además, obliga a los artistas a dedicarse no tan solo a su trabajo artístico propiamente dicho, sino también a buscar espacios de difusión, que pese a ser alternativos, por suerte, están consiguiendo posicionarse gracias a la democratización comunicacional que nos ha traído el internet.

Lamentablemente la realidad de nuestro país obliga a la mayoría de artistas a volverse sus propios agentes, y si bien algunos, más hábiles que otros para vender su producto, logran vivir de su arte, la verdad es que la mayoría no puede hacerlo, convirtiendo el arte en un simple accesorio de sus vidas.

¿Cómo producir arte, difundir cultura, si no se puede vivir haciendo eso, si solo se puede dedicar a ello como un hobby? De forma limitada, por supuesto. Y más importante aún, ¿cómo fomentar que la población consuma cultura, si sus referentes más cercanos, los artistas que hablan más como ellos, no pueden hacer llegar su mensaje simplemente porque el medio más visible en lo cultural – el intelectual-académico – no está dispuesto a darle espacios? Sucede que los dinosaurios siempre ven al hombre como algo pequeño… no saben que después de todo, esos pequeños quedarán.

Siento, luego creo

(Publicado en el Diario digital Yo me llamo Perú, en la sección May Neim Presenta, el 07 de diciembre de 2014).

 

El proceso creativo es un tema recurrente para quienes nos dedicamos a la producción artística-cultural. No solo porque es bastante común que nos preguntan por éste, sino que además, nos gusta conversar de él entre colegas y compartir experiencias sobre cómo es que se nos ocurrió tal o cual cosa, o por qué decidimos esto o aquello.

Hace poco, un amigo me recordaba que todo lo relacionado a la creación artística se basa en la percepción, en nuestras sensaciones. Son éstas las que hablan por nosotros siempre que decidimos crear algo. Y es inevitable, pues la creación es, en sí misma, un medio de expresión canalizado por nuestra propia subjetividad. Todo se basa en lo que vemos, escuchamos, disfrutamos, detestamos, tocamos, sentimos a nivel emotivo… lo que fuere. Todo se combina para dar un resultado potenciado por nuestra capacidad de imaginar y las diferentes técnicas y habilidades que poseemos.

Estoy seguro que de haber sido hábil para la música o la pintura o alguna otra forma de expresión artística, la creación literaria hubiese tardado mucho más o simplemente nunca hubiese formado parte de mi trabajo. Necesitaba un medio de expresión y utilicé el que más se me adecuaba por distintas razones, que incluyen una terrible falta de ritmo para la música – intenté más de una vez tocar un instrumento –, un pésimo pulso como para la pintura, falta de recursos para realizar cine, entre otros.

Y es que quien realmente necesita expresarse encuentra la forma de hacerlo. Incluso las decisiones que se toman en el camino, como los estilos y los géneros a desarrollar, tienen que ver con esa necesidad de expresión. Cuando me preguntan por qué me he dedicado principalmente a la literatura fantástica y de ciencia ficción, mi respuesta, luego de haberlo meditado mucho, es que esos géneros – más allá de ser muy cercanos a mi generación gracias al cine, las caricaturas y los videojuegos – me han permitido expresar lo que deseo; simplemente se adaptaron mejor a lo que quise decir en ese momento.

Todo lo que genera algo en nosotros, todo lo que sentimos, es importante para la creación. Para mí, el cine, la música, los videojuegos, además claro de la literatura, fueron y son determinantes para mi trabajo; estoy convencido que sucede algo muy parecido con todos, o por lo menos casi todos, quienes se dedican a las distintos tipos de creación artística.

Además, hoy, más que nunca, las influencias se asimilan con mucha más facilidad, el fenómeno de las nuevas tecnologías, sumado a la sociedad neoliberal y la bonanza económica que fortalece a la burguesía emergente, permiten una apertura mucho más amplia en lo que respecta a enfoques y perspectivas. El arte en nuestro país ahora depende más del artista y del mercado; la rigidez de antaño – vinculada a visiones políticas sobre la función del arte y la cultura – se ha perdido, generando un brote, todavía pequeño, de productores y consumidores culturales.

Las condiciones están dadas. Estamos en un tiempo en que la cultura forma parte del mercado y eso permite a los artistas vivir de su trabajo; claro, todo depende del producto y las herramientas de marketing que lo acompañen. Ya no resulta descabellado dedicarse al arte como oficio ni pensar en la cultura como parte de una industria capaz de ganarse espacios propios y con tendencia a diversificarse en busca de nuevos consumidores, al igual que cualquier otra industria. Nos encontramos en un momento de gran libertad para la creación artística. Una libertad que diversifica y, que por lo mismo, es capaz de llegar a distintos tipos de preferencias.

Ahora, la meta consiste en fortalecer y consolidar esa industria cultural emergente que está apareciendo en nuestro país, pues, solo ésta, permitirá tener productos artístico-culturales capaces de posicionarse en los distintos mercados y de generar propios, alcanzando cada vez a más y más personas, democratizando, siquiera un poco, nuestro espacio cultural.

¿Y ahora… qué Frankenstein?

(Publicado en el Diario digital Yo me llamo Perú, en la sección May Neim Presenta el 25 de noviembre de 2014).
La producción de bienes y servicios culturales es más grande e importante de lo que la mayoría consideramos y genera una industria que convive con nosotros día a día. El cine y la música son productos culturales que todos consumimos de una u otra forma y en mayor medida que cualquier otro tipo de producto cultural, eso debido a que son espacios más comunes y sus medios de difusión son de llegada masiva. Con otras formas de expresión cultural no sucede lo mismo, o si sucede, aún no es al nivel de lo audiovisual.
Sin embargo, la nueva generación, que ha traído consigo computadoras portátiles que son a la vez teléfonos móviles, también está masificando el consumo de un tipo de produccióncultural: las tecnologías digitales; programas, aplicaciones, videojuegos. El usuario de smartphones está habituado a descargar información, actualizar su sistema operativo, pasar las largas horas que perdemos en el tráfico jugando algún videojuego o leyendo algún Ebook con la aplicación de su preferencia.
Y es que la tecnología modifica las sociedades. Lo hizo con las revoluciones industriales, luego de las cuales la forma de vida cambió drásticamente – antes, hijos vivían prácticamente lo mismo que padres y abuelos; luego, padres e hijos tenían vidas totalmente diferentes –, tanto así, que dio inicio a tendencias futuristas, proto-científicas y de rechazo a los duros estándares, en parte propiciados por la religión; dio inicio a la ciencia ficción con Frankenstein… Pero me voy del tema, el hecho es que las sociedades, la forma de ver el mundo y de pensar, cambian en la medida en que la tecnología avanza.
La producción, inclusive la cultural, se adapta e intenta generarse espacios en estos nuevos estándares que se generan; es una cuestión de mercado. Por eso cada día se consumen más Ebooks alrededor del mundo – no deja de ser una lástima que la empresa Amazon no tenga una verdadera presencia en nuestro país –. Las competencias de videojuegos a nivel planetario han ganado cada vez más importancia, al grado que la prensa nacional sigue atenta a los equipos de “gamers” que nos representan como peruanos; si me preguntan si los videojuegos son un deporte, yo diría que muchos lo son, y a su vez, unos pocos son verdaderas obras de arte, de la misma o mayor calidad que un gran libro o una gran película, una gran canción, una gran escultura y demás. También hay quienes se han hecho millonarios creando aplicaciones…
Ahora la cuestión es que nuestra producción cultural se ponga al nivel de la tecnología. Esos espacios que hasta ahora se les llama alternativos, son cada día más importantes y depende de quienes nos dedicamos a la educación y la cultura buscar la forma de aprovecharlos para así llegar a mayor cantidad de consumidores y con eso generar más espacios. Solo comprendiendo el mercado se podrán posicionar adecuadamente los productos culturales y masificarlos, en beneficio de toda la sociedad.
Así como Mary Shelley tuvo la visión de usar la ciencia para enfrentar todas esas tradiciones enquistadas en el tiempo, creando al monstruo de Frankenstein, nos toca a los peruanos valernos de la ciencia para romper los estándares culturales que mantenemos, focalizados y discriminadores en muchos aspectos. La tecnología es una herramienta, que si sabemos aprovechar, puede darnos a ese monstruo capaz de cambiar al mundo, que todos buscamos.

Cultura para todos… pues cuesta

(Publicado en el Diario digital Yo me llamo Perú, en la sección May Neim, el 9 de noviembre de 2014).
Los últimos años viene pasando algo que los gestores culturales y todos quienes trabajan cultura y educación notan claramente: Cada día se abren nuevos espacios de difusión cultural. Esto se debe a algo muy simple y es que la sociedad peruana ha empezado a consumir cada vez más cultura. Y además, existe un cambio de pensamiento: hoy, por fin, los artistas comprenden que su trabajo es como el de cualquiera, y debe poderse vivir de él.
Todo esto ha dado pie a un fuerte brote de editoriales, productoras, elencos, agencias de diseño, artistas independientes y demás creadores, que están dispuestos a hacer del arte su medio de vida. ¿Acaso los inicios de la industria cultural peruana? Me gusta pensar que sí, que es la pequeña empresa cultural la que terminará por generar la gran industria cultural. Nada más y nada menos que el reflejo de la “burguesía emergente” que cada día se hace más importante para el desarrollo de nuestro país.
Sin embargo, el consumo cultural – definitivamente vinculado al desarrollo económico, pues cuando hay hambre normalmente no hay tiempo para la cultura –, no encuentra la oferta necesaria. Si bien cada día se abren nuevos espacios e incluso las instituciones estatales los fomentan, éstos siguen sin poder satisfacer la demanda, principalmente por temas de distancia.
En el caso de la literatura, soy testigo de cómo debido a esa demanda, la iniciativa privada de gestores culturales y editoriales genera espacios de difusión cultural cada vez más descentralizados. Ejemplos son ferias de libros, encuentros de escritores, coloquios literarios, recitales y demás expresiones, que se realizan ya no solo en capitales de provincia.
Y es que las condiciones se están dando: las personas desean consumir cultura. Por eso tenemos un teatro al que cada día va más gente, conciertos multitudinarios de todo tipo de música, una industria del cine que aparece intentando posicionarse y da pie a concurrencias masivas a las salas de proyección. A todo esto se suma la expectativa que vienen produciendo los distintos festivales culturales y tecnológicos; sí, la tecnología, todo lo digital, también es cultura. Tal vez en unos años veamos más desarrollada la industria de videojuegos en nuestro país, sería un avance importante en materia de producción cultural y si se hace bien, con suficientes beneficios económicos para hacerlo sostenible en el tiempo.
Ese es el detalle, la democratización y descentralización cultural requieren sostenibilidad en el tiempo. Y si bien el estado da todo su esfuerzo en pro de la cultura, con ello no se genera sostenibilidad; se abren espacios, sí, reconocimiento y demás, sí, pero realmente no fortalece a la industria; para lograrlo, se necesita hacer de la cultura un producto rentable, y los únicos capaces son quienes tienen visión empresarial.
Y es que considero que esas iniciativas privadas que aparecen por todo el Perú – los posibles iniciadores de una verdadera industria cultural peruana – son las únicas capaces de democratizar la cultura, pues donde encuentren demanda, buscaran satisfacerla con oferta, entregando productos culturales diversos a públicos diversos. El trabajo que vienen desarrollando las pequeñas empresas ligadas a temas artísticos, los gestores culturales y artistas independientes, es no solo loable, sino además, fundamental para reducir las brechas culturales que nos siguen dividiendo entre peruanos.
¿Cómo fortalecer la industria cultural? ¿Con nueva legislación, con apoyo técnico? Puede ser, pero eso no es lo determinante, lo determinante es conocer y dar a conocer el trabajo que se viene realizando y apoyarlo de la forma más simple: consumiendo el producto si es que nos gusta.
Considerar que el arte y la cultura deben ser siempre gratuitos porque no forman parte de un trabajo profesional que toma tiempo, esfuerzo y dinero, sino que más bien se trata de un hobby; algo que se hace por pura filantropía; es no respetar a los artistas y minar los débiles cimientos de nuestra industria cultural emergente: la única capaz de acercar la cultura de todos hacia todos.
Por suerte, esta forma de pensar va quedando de lado y, por fin, se está produciendo para todos; basta indagar para encontrar diversidad en nuestra propia producción. Dependerá de los consumidores fortalecer ciertos aspectos y debilitar otros, como es natural, sin embargo, mientras se consuma cultura seguirá habiendo diversidad, y mientras más demanda exista, tendremos mayor oferta, mejores precios y mucha más diversidad.

¿Por qué no quieres leer?

(Publicado en el Diario digital Yo me llamo Perú, sección May Neim, el domingo 02 de noviembre de 2014).
Muchas veces, al ir a colegios para conversar con los alumnos, suelto la pregunta: ¿Quién lee por placer? De los treinta o cuarenta muchachos presentes, solo tres o cuatro levantan la mano. Para muchos, este puede ser un panorama desolador y preocupante, una muestra del poco desarrollo en nuestro país en materia de educación y fomento a la lectura, y puede que estén en lo cierto; pero las cosas nunca son tan negativas como parecen, y basta comprender que los muchachos lo único que necesitan es un poco de motivación para empezar a desarrollar el hábito por la lectura.
¿Cómo motivar? ¿Qué hacer para que un chico que solo agarra libros por órdenes expresas del profesor, y que incluso recurre a páginas web para no tener que leerlos, se decida a tomar un libro y sumergirse en su universo de palabras por simple placer? Esta pregunta es importante porque la literatura tiene la cualidad de enseñar mientras divierte: solo leyendo por placer las personas mejoran su comprensión lectora y su redacción, además de aprender a comunicarse con los demás y con uno mismo… Se piensa con construcciones sintácticas…
Personalmente, creo que la respuesta es más simple de lo que podría parecer y se fundamenta en la diversidad y la democracia. Cuando estoy frente a los alumnos, me gusta hablar de mi propia experiencia, pues creo que se parece a la de muchos. Antes de salir del colegio, mi relación con los libros siempre fue complicada, había una barrera invisible que me hacía rechazarlos, y todo se debía a que hasta ese entonces no encontraba un libro que me mostrara que en verdad había literatura para todos; durante el colegio nunca me identifiqué con ella, me parecía complicada y aburrida. No había nada de fantasía de aventuras ni de ciencia ficción, nada de terror ni de monstruos… Influencias más cercanas para mí, gracias a los videojuegos, las caricaturas, el cine, el cable y los azarosos principios del Internet en el Perú.
Recién entre mis diecisiete y dieciocho años, descubrí un libro que abrió mis horizontes y me hizo notar que la literatura es mucho más de lo que había pensado hasta entonces; realmente había literatura para mí. El libro de ciencia ficción “Crónicas marcianas”, de Bradbury, me dio lo que no me había dado ninguno de los autores clásicos: me divirtió y eso despertó mi interés y me motivó a buscar más. Así llegue a Orwell y sus dos libros más conocidos, luego a Philip K. Dick, Asimov, y después, en un acto natural, empecé a revisar a autores alejados de la ciencia ficción, incluso a los “clásicos”.
La literatura, el arte en general, es diversión; todo ese conjunto de emociones y sensaciones reflejadas en un texto, una pintura, una canción, entre otros, generan en el público diversión; sí, es cierto, pueden generar más cosas, pero si no divierte no atrapa, no motiva a seguir leyendo, viendo, escuchando o lo que fuera. Y el proceso que se sigue con cualquier tipo de arte es parecido, sin embargo, la música, al ser un espacio más común facilita el ejemplo.
Música escuchamos en todos lados, en la radio, en la tele, en nuestros celulares y demás. La música tiene una forma más sencilla de llegar a las personas, pues no requiere de nuestra completa atención para disfrutarla. Eso hace que haya música de todo tipo y para todos los gustos; gracias a su practicidad, la producción y la industria musical se encarga de colmar todos los mercados posibles. Es por eso que la mayoría de personas pueden identificar rápidamente sus géneros y artistas favoritos y, si lo desean, empezar a explorar más.
Creo que a todos quienes sentimos ese deseo por explorar nos ha pasado que, si bien empezamos con un tipo de preferencias, la misma exploración termina por modificarlas y abrir nuestros horizontes. A mis quince años escuchando Rock popeado de Los hombres G y Enanitos Verdes nunca me imaginé que a mis veintiséis terminaría deleitándome con Jazz e incluso con música clásica; para lo cual tuvo que pasar mucho tiempo y tuve que escuchar y aprender a disfrutar diversos tipos de música.
Sucede que todo es parte de un proceso y ese proceso depende de cada quién, de sus intereses y preferencias. Pude quedarme tan solo con libros de ciencia ficción, pero un impulso interno me llevó más allá. Así les pasará a muchos, y muchos otros se quedarán con lo primero que vieron y nunca saldrán de eso; es su decisión y debe respetarse. Pero literatura, expresiones artísticas, divertimento, hay para todos, y solo basta con entregarles a las personas los productos adecuados, diversos, que les permitan tomarlos como las herramientas que son, para hacer con su vida lo que deseen.
¿Cómo fomentar la lectura? Pues dándole a los chicos literatura que pueda gustarles, algo que vaya con ellos, que los motive. Si les gustan las historias medievales, pues hay para ellos, si les gusta la magia y la hechicería, también hay, romances, tragedias, guerras, fantasmas, aventuras en el espacio, hay para todos y depende de los padres y los educadores detectar esas preferencias, comprenderlas y cultivarlas; para así, forjar el hábito de leer.

Oye… ¿Me entendiste?

(Publicado en el Diario digital Yo me llamo Perú, sección May Neim, el domingo 26 de octubre de 2014).
Hace unos meses, un profesor a quien respeto mucho, terminó la exposición de una idea durante su clase con la siguiente pregunta: ¿Me entendieron? Todos lo miramos tranquilos, moviendo lentamente la cabeza de arriba abajo, afirmando; y claro que lo entendimos, teníamos el bagaje cultural suficiente como para hacerlo. Pero el profesor no estaba contento, se mostró reflexivo por unos segundos y se disculpó: Había hecho mal, nos había tomado por estúpidos. Y se explicó. La pregunta  “¿Me entendieron?” presupone una relación totalmente vertical, de superioridad intelectual del uno sobre el otro. La pregunta correcta, para él, como educador, debió ser: ¿Me he dejado entender?
Y para ser franco, me abrió un nuevo panorama. Tenía razón. Si bien todos los bachilleres que llevábamos la clase manejábamos básicamente el tema, había dado en el clavo. Él dictaba un curso y lo importante era que los alumnos aprendan, y no había mejor forma de hacer eso que romper la barrera de verticalidad, de considerar que porque he leído más de aquel tema o tengo más experiencia soy más inteligente. Me hizo pensar que lo más importante al momento de educar y por lo mismo al difundir cultura, aún más que la diversidad de temas que se pueden tocar, es, ante todo, buscar llegar a las personas, hablar con claridad, hablar para ellos, y no para uno mismo, en un acto egocéntrico e infecundo.
Educar, difundir cultura es difícil, siempre lo ha sido y siempre lo será, porque es necesario llegar a las personas y para eso se necesita empatía, predisposición a la diversidad y capacidad de asimilación. Lo importante es entregarles a las personas las herramientas necesarias para su propio desarrollo. Intentar ponernos en sus zapatos y pensar sobre lo que piensan, qué sienten, qué necesitan para acercarse a la cultura y enriquecer sus vidas. Si lo hacen o no, dependerá de cada quien.
Y para lograrlo, la diversidad es importante, porque hay que partir de la idea de que cada individuo tiene distintas necesidades, distintas ambiciones y ansias de superación. Pero es la diversidad la que nos dará las herramientas, la que nos permitirá discernir entre lo que nos agrada y nos desagrada, entre lo que nos parece bueno y lo que nos aburre, lo que queremos aprender y lo que no nos interesa aprender.
¿Cómo diversificar para educar? Personalmente creo que solo hay una manera, y es la de posicionar los productos culturales en el mercado, es decir, fortalecer las industrias culturales; la industria de la literatura, del cine, del teatro, de la música, la danza, la pintura… de las diversas artes; porque son las únicas capaces de llegar a todos los rincones, hablar en todos los idiomas, para la mayor cantidad de gente posible. Para mí, esa es la forma de democratizar el espacio cultural: dejar de discriminar al otro por sus gustos o preferencias y comprenderlo como un ser complejo y con mucho potencial que desarrollar, ávido de las herramientas que pueda y quiera usar. Y es por eso que es fundamental fomentar la producción y las industrias culturales, pues solo ellas son capaces de diversificar y masificar las distintas herramientas.
¿Me he dejado entender?