Cuestiones de poder – Herederos del cosmos (cuento)

Los barrios bajos de la capital, iluminados solo por luz artificial, repletos de basura, charcos de agua sucia y orines, locales de mala reputación; guarida de vagabundos, drogadictos y delincuentes y demás seres nefastos; quienes parecen haber olvidado la noche eterna que se sume sobre ellos en forma de rascacielos inescrutables y esmog de industrias clandestinas que pululan y alimentan a toda la superficie; son el hogar de Edduard.

Él se dedica a un negocio muy rentable pero, a la vez, riesgoso; y no porque la autoridad esté preocupada en perseguir a quienes distribuyen droga en los barrios bajos, sino por la competencia.

Hace solo unos días asesinaron a uno de sus amigos. Lo conoció por años y más de una vez éste le salvo el pellejo de la policía y también de otras bandas… Son cosas que pasan. A la semana pierde algún colega. ¿Cuándo le tocará?… Tarde o temprano.

No importa. No le teme a la muerte. Al entrar en el negocio con Las Sanguijuelas Genocidas, le explicaron todo; le hicieron entender que tenía solo dos posibilidades en la vida: sacarse la mierda para vivir de forma prolongada pero miserablemente en los barrios bajos, o arriesgar la vida con tal de gozarla, de tener en poco tiempo lo que no tendría ni cuando fuese anciano.

Aun así, no esperó vivir todo lo que vive; las cosas suceden más rápido de lo que se imaginaba… también duerme menos, pero eso no le importa. Le gusta lo que vive. Es más de lo que esperó y se siente emocionado. Ya llegó a su décimo asesinato. Todo un logro en las calles.

Suena su comunicador. Lo despierta.

—¿Sí?

—La banda se está juntando. Las Calaveras vienen.

Las putas Calaveras de Hierro, una de las bandas fronterizas con la que casi todos los días tienen escaramuzas, y la más poderosa de todo ese sector de los barrios bajos.

—… Ya voy.

La información siempre llega a tiempo. Hay ojos y oídos por todas partes y los drogatas sueltan la lengua por una bolsa de ácido; así luego les cueste la vida.

Edduard, desnudo sobre su cama, termina de desperezarse y se levanta.

—Guardar cama – dice aún somnoliento.

Una habitación de dos por dos no es demasiado, pero es más de lo que muchos tienen. La pared se abre y el catre empieza guardarse dentro. Tiene el espacio suficiente para lo que necesita. Luego conseguirá algo mejor, ya tiene el dinero, pero no saldrá de su territorio.

Se dirige al armario y éste se abre automáticamente. Se vestirá con el enterizo de la banda: Necesitará comodidad. Toma el sintetizador del enterizo y lo oprime… Listo. Toma también el subfusil, la pistola y el cuchillo de plasma…

No hay tiempo que perder lavándose la cara ni orinando. Luego de la pelea habrá tiempo para mearles la cara a los enemigos heridos antes de ejecutarlos.

Llega al bar de Loky, donde la banda siempre se reúne, en el centro mismo de su territorio.

—Parece que vienen con todo. La policía no se meterá, ya está tranzado —dice Julián Rodriguez, jefe de la banda, una vez la mayoría está presente.

Un poco de dinero basta para comprar favores y conseguir “amigos”. Muy pocas veces la policía interviene en los barrios bajos; solo cuando se realiza algún operativo de rutina para tener contentos a los que viven arriba o cuando algunos oficiales corruptos quieren parte de las ganancias del mes.

Pero la policía es lo de menos, esta vez las Calaveras vienen a borrarlos del mapa… Tiene sentido, hace unos días las Sanguijuelas les mataron a uno de sus líderes; un equipo de guerra entró a su territorio y masacraron a los soldados. Una respuesta inmediata era lo lógico, y está sucediendo. ¿Qué esperaba Julián al mandar a ese equipo? ¿Quería empezar una guerra contra la banda más poderosa de la zona?… Pues la empezó.

Las calaveras tendrán un solo lugar al que llegar. Los casi doscientos soldados que conforman a las Sanguijuelas sincronizan sus comunicadores y entran a uno de los gigantescos bloques fronterizos. Piden a los vecinos cerrar y trancar sus puertas, y toman posiciones. Se cubren tras los restos de vehículos oxidados, tras los pequeños muros y gigantescas columnas de duro metal que se elevan casi hasta el infinito, y las bancas y adornos del mismo material irrompible, que debieron servir para mejorar la calidad de vida en los barrios bajos…

A lo largo de todo el territorio, los demás bloques cierran sus inexpugnables puertas, preparadas para resistir tormentas solares. Solo queda esperar; ellos sabrán a dónde dirigirse: hay ojos y oídos para todos.

—Ahí vienen. Preparados —dice Julián a través del comunicador.

Edduard acaricia su subfusil. Tendrán que entrar al bloque por la única gran puerta que dejaron abierta.

La inmensa explanada del bloque, repleta de Sanguijuelas ansiosas, con sus cuatro enormes escaleras que llevan hacia todos los pisos que conforman ese condominio, totalmente separado del resto de la interminable torre que tiene encima, se encuentra en completo silencio.

Todos están tensos. Las Calaveras los superan en número.

A Edduard le resbalan gotas de sudor frío por la frente. Nunca ha estado en una batalla tan grande. Una cosa es chocar con los enemigos en las fronteras y luego salir corriendo… En los meses que lleva con las Sanguijuelas, nunca ha pasado de eso. Es más, se impresionó al enterarse que un equipo de guerra de siete soldados había entrado al territorio de las calaveras para matar a uno de sus generales.

¿Qué sentido tenía empezar una guerra contra un enemigo que podría aplastarlos?… Es irrelevante, Julián manda y las Sanguijuelas obedecen; así funciona y hasta que Julián muera nadie cambiará eso.

Un vehículo negro de las Calaveras de Hierro entra volando a toda velocidad. Sus soldados que sacan la mitad de sus cuerpos por las ventanas empiezan a disparar rayos y granadas de sus pesados rifles. Las Sanguijuelas responden al fuego. Otro vehículo de las Calaveras entra detrás y luego otro y otro y dan vueltas alrededor de la explanada mientras disparan con todo lo que tienen. Su infantería empieza a entrar por la puerta.

Edduard tiene a una calavera en la mira. Dispara y le abre tres agujeros en el tórax… Pero son demasiados y están mejor armados; llevan artillería pesada. Las Sanguijuelas empiezan a retroceder muchos suben por las escaleras buscando mejores posiciones para repeler el ataque. Más vehículos de las calaveras entran por la gigantesca puerta. Un misil impacta a uno de los vehículos y éste se estrella dejando una estela de fuego y destrucción mientras se arrastra.

De pronto, de uno de los pisos del bloque salen volando dos vehículos de las Sanguijuelas, para dar caza a las naves enemigas. El vehículo de las Calaveras que se había estrellado explota. Aparecen más refuerzos de las Sanguijuelas: Uno tras otro, salen volando vehículos de los distintos pisos del condominio.

Edduard corre desesperado hacia las escaleras. A pesar de los refuerzos, avance de las Calaveras parece indetenible.

Una tras otra, las Sanguijuelas caen durante el repliegue. Una nave de las calaveras impacta a una de las sanguijuelas y estallan en una amalgama de fuego y esquirlas que hiere a soldados de ambos bandos.

Edduard Logra llegar hasta el segundo piso del bloque, desde donde Julián dirige la defensa de su territorio.

Ahí está él, cubierto tras una barrera de energía, inmutable, como si no importara cuántos de sus soldados mueran con tal de terminar con el enemigo… Debe tener un plan. No podría estar tan tranquilo si no lo tuviera. Podría cerrar el bloque y enfrentarse tan solo a las Calaveras que están dentro. Pero no, hay algo en su mirada que le indica a Edduard que su jefe lo que quiere es terminar por completo con el enemigo, además, el momento de dar esa orden ya pasó.

—Aguanten. No podemos perder el segundo nivel —dice a través de los comunicadores.

No resulta fácil. Las Calaveras avanzan raudas, indetenibles, cociendo a tiros a las Sanguijuelas que intentan detener su arremetida… Empiezan a subir por las escaleras.

—¡Ya! —vocifera Julián. Confundiendo por un momento a sus tropas.

Solo sus generales son conscientes de lo que sucede. Decenas de explosivos destrozan a los soldados enemigos y también unas tantas Sanguijuelas sobre las escaleras. Por un instante todo es confusión. Los disparos cesan. Se escuchan gritos de dolor y súplicas de auxilio. Los cuerpos seccionados caen por todo lo ancho de la explanada. Solo los vehículos continúan en movimiento, esquivándose los unos a los otros. Pero pronto, el infierno retorna.

Edduard se espabila y vuelve a disparar cubierto tras el pequeño muro que lo separa del vacío. Ve claramente cómo decenas de Calaveras siguen entrando por la gran puerta que no se cierra. ¿Qué espera Julián? En pocos minutos doblegarán por completo sus defensas y estarán perdidos… ¿Qué espera?…

Se escuchan explosiones fuera del bloque. ¿Qué sucede? ¿Refuerzos? Edduard no lo cree, todos los soldados de las Sanguijuelas están luchando en el bloque, y si no, por lo menos la mayoría… un puñado de tropas no podría hacer la diferencia. Pero la nave verde, típica de las Serpientes, seguida por otra roja, color característico de los Zorros Hambrientos, lo hace comprender todo de inmediato.

Una alianza. Una alianza de los pequeños para derrotar al grande.

Decenas de soldados vestidos con enterizos de distintos colores entran disparando a las Calaveras que responden como pueden el ataque por ambos frentes.

Todo termina en cuestión de minutos. La sorpresa vence con facilidad a la banda más poderosa de los barrios bajos. La sorpresa y la unión de los pequeños que, como un puño, golpea mortalmente al enemigo, cambiando las condiciones de lo que sucede y sucederá.

—Hermano —Julián toma del hombro al líder de las Serpientes—, hermano —y ahora al líder de los Zorros, y pasa la mano hacia el jefe de los Robles Torcidos— … Hermanos… Hoy logramos algo importante. Hoy decidimos nuestro destino y vencimos. Toda esta sección nos pertenece y si sabemos sacarle provecho seremos aún más poderosos y podremos avanzar hacia los territorios de los Carmines y los Mongoles. El universo es el límite si nos mantenemos firmes y sólidos como un puño. Gracias al Zorro Miguel tenemos esto; él tuvo la visión…

Tropas de todos los bandos están presentes. Las Sanguijuelas son las más golpeadas: perdieron casi la mitad de sus soldados y unos veinte están heridos de gravedad. Pero eso es nada ante el fin conseguido; y todo se mantuvo en estricto secreto. Edduard nunca se hubiese imaginado una alianza con quienes por años se enfrentaron, pero si algo le ha enseñado la vida, es que en temas de poder y de créditos, nada es definitivo.

Ya antes había escuchado hablar del Zorro Miguel, líder de los Zorros Hambrientos, asesino inmisericorde que según contaban ya llevaba casi un centenar de ejecuciones y muchos más asesinatos en enfrentamientos. Alguien en quien no confiar… al igual que todos los reunidos en la explanada del bloque, indiferentes ante los cadáveres sanguinolentos y restos de cuerpos que los rodean.

—Gracias, Julián —responde el Zorro—. Sé que al principio te fue complicado entender por qué te busqué; pero ya viste los resultados. Y es que la respuesta siempre la tuvimos en frente, solo había que tomarse el tiempo de verla. Las Calaveras cometieron el error de confiarse. Es un error común… Incluso tú, Julián, has cometido ese error… Solo puede haber una cabeza y… conversando con todos creemos que… —el Zorro desenfunda su pistola laser y destroza de un tiro el rostro, perplejo y desencajado, de Julián— esto debe quedar entre los “pequeños”… Bueno —dice dirigiéndose a las Sanguijuelas huérfanas—, depende de ustedes. Suman o se restan.

Edduard, así como las demás Sanguijuelas, sin pensarlo demasiado, deja caer su arma y responde que sumará.

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Ruffus tiene finura (cuento)

 

“El buen gallo ayuda a la suerte,
nunca la suerte ayuda al buen gallo”.

ANÓNIMO, REFRÁN DE GALLEROS.

 

—Lo que pasa es que tiene finura —explicó el viejo mientras observaba al gallo.

—¿Finura, qué es eso? —le pregunté.

—Este es un guerrero. Un macho de verdad.

—¿Por eso mata a todos los demás?

—Por eso mismo.

—¿Hay que matarlo?

—¡No! No seas estúpido.

—Pero mi papá dice que es un problema.

—Tu padre es un ignorante, muchacho. Si no lo quieres, déjamelo.

—No. Es mi amigo.

—¿Prefieres que termine muerto?

—Mi papá no lo matará.

—Si no lo hace seguirá matando a todos los gallos que se le crucen. Así son estos. Uno bueno te has conseguido. ¿Cómo así lo tienes ah, sí ni sabes para qué sirve? ¿De dónde lo robaste, mocoso?

—Qué. No… no. Yo no robé nada. Lo encontré polluelo. Estaba tirado en mitad de la calle.

—¿Crees que soy cojudo? Este animalito vale un huevo de plata.

—No… no sabía señor.

—Bueno, pues, ya lo sabes. Anda dile a tu viejo que no sea tarado y me venda el gallo a buen precio. Lo cuidaré bien, y te dejaré visitarlo cuando quieras. ¿Qué dices, mocoso?

—¿En serio?

—Sí, pero para que tu “papá” no joda mucho no le digas que el gallo vale, pues. Entiendes, ¿no? Le dices que lo usaré para que mis gallos practiquen.

La verdad es que no entendí qué pasaba. Comprendí lo que el viejo Ramón me dijo, pero no las consecuencias de lo que haría. Ese gallo era un verdadero campeón y lo dejé ir por unos miserables soles… Mi padre nunca se enteró, él estaba preocupado con su huerto y sus gallinas y al escuchar que le pagarían por deshacerse del buen Ruffus, no lo pensó dos veces. En ese entonces me pareció un buen trato; podría pasar tiempo junto a mi gallo, y las aves de mi padre dejarían de morir.

No tardé mucho en notar mi error. Al principio, el viejo no me explicó cómo funcionaba el negocio. Llegué a pensar que el gallo era un bien preciado por sí mismo, una cosa rara, inusual, una especie de trofeo; a mis ocho años no comprendía la naturaleza del espectáculo, ni la naturaleza en sí misma. Y el viejo me ocultó la realidad todo lo que pudo, hasta que un profundo corte en la cabeza de Ruffus hizo inevitable que protestara, que exigiera explicaciones. El viejo me las dio, en ese momento fue sincero, dijo que el mundo era y estaba hecho para hombres, y que como hombre debía conocer la verdad: Ruffus era un guerrero, esa era su principal virtud, pero además, era un artista, el mejor “navajero” que el viejo había visto hasta entonces; dijo que un poco de entrenamiento bastó, que esos animales nacen preparados.

En ese momento me escandalicé. No imaginaba a mi amigo luchando a muerte. Empecé a llorar y amenacé con llevarme a mi gallo. Él dijo que ya no era mío y que si intentaba algo me zurraría a golpes y luego me llevaría donde mi padre para acusarme de ratero. ¿Qué puede un mocoso contra la opresión generacional? Nada, ahora lo sé. Pero entonces seguí llorando, lo insulté, le dije maldito, viejo de mierda… El permaneció serio, esperó a que termine mi berrinche y luego me habló con tranquilidad.

—Mocoso, es su naturaleza. Han nacido para luchar.

—Pero está lastimado.

—A él no le molesta. Él vive para morir peleando. Quitarle eso es desperdiciarlo, despreciar su esencia.

—¡Maldito, quiere que muera!

—Muchacho, tal vez estás muy joven para comprender la sabiduría de la naturaleza, pero con el tiempo la comprenderás. La naturaleza nos enseña lecciones. Y la ley, la finura de los gallos, nos enseña qué es el valor, qué significa realmente. El solo observarlos es toda una lección de vida, muchacho. Te llevaré a verlos luchar. Ruffus hoy descansa, pero vamos nosotros, tal vez hasta nos encontremos con tu padre.

Mi padre realmente era ignorante. Qué se puede hacer, qué puedo decir en su defensa, sí ni cuenta se dio que tenía un gallo de lidia en su corral y tampoco lo reconoció al encontrarlo meses después luchando para Don Ramón… Bueno, era un buen tipo, tal vez, trabajador, obstinado, pero lamentablemente cobarde, nunca quiso ver más allá de su propia nariz. Pero la historia de mi padre es otra, y no merece la pena ser contada. Solo importa que ese día, tal y como dijo el viejo, estuvo ahí, apostando unos cuantos soles al gallo que se veía más gordo. Me miró extrañado cuando me acerqué, pero tan solo me acarició la cabeza y siguió distraído con el espectáculo; no solía apostar, y lo vi bastante emocionado.

El coliseo era el lugar más concurrido del pueblo y recién me enteré ese día; los niños no tenían nada que hacer ahí pasadas las siete de la noche. Al parecer la pelea ya había empezado pero yo solo conseguía ver piernas y más piernas. El viejo me tomó de la mano y caminó conmigo abriéndose paso entre la multitud. Llegamos adelante, la arena se veía claramente. Los dos gallos se miraban fijo mientras se rodeaban. Uno saltó sobre el otro y le atinó un picotazo. Nuevamente separados, no dejaban de observarse, no dejaban de mover sus pequeñas patas para rodearse, siempre amenazantes.

Don Ramón tenía razón… bastó tan solo observarlos un momento para comprender a qué se refería… La belleza de los gallos, la expresión máxima de valor, de coraje y terquedad; campeón no es necesariamente quien siempre gana, si no quien aguanta hasta el final, quien pese a estar al borde de la muerte, no se rinde. Y eso observé ese día. Los picotazos iban y venían, nada era seguro, solo que ambos combatientes dejaban todo de sí en la arena. Fue magnífico. Vi al animal como lo que era, más que una simple mascota, más que un amigo, era un luchador, y como todo luchador, solo podía ser realmente libre en el campo de batalla.

Fue el gallo más gordo, por el que apostó mi padre, quien perdió; agonizante, intentó levantarse pero fue inútil, cayó pesadamente y su dueño entró presuroso a rescatarlo. La lucha terminó, había un campeón. Los aplausos se hicieron escuchar, muchos gritaron “¡Bravo!”, felicitaron al ganador, pero mi padre estaba entre los pocos incómodos que no supieron apostar. Su noche se había echado a perder pues arriesgó convencido que el tamaño sería determinante. Se maldecía por haber derrochado dinero; consideraba al juego un mal hábito y por eso le bastaba entretenerse con el espectáculo. Pero ese día se aventuró y, al perder, se enfureció, y recién reflexionó sobre mi presencia en el coliseo.

Mi padre caminó entre la gente y se acercó al viejo para increparle el haberme traído. Don Ramón lo miraba tranquilo, intentó explicarle que no era nada malo pero él no entendía, me tomó del brazo y me llevó a casa casi a rastras. Mientras andábamos, me exigió no volver a ver al viejo, dijo haber escuchado cosas malas de él y, además, lo sabía apostador.

¿Cosas malas? Si todo el pueblo respetaba al viejo. Apostador… pues sí, pero que tiene de malo apostar si es con mesura, si se hace por diversión o si estás seguro de ganar… mientras no sea más que unos pocos soles. El viejo fue muy claro con eso cuando volví a verlo; explicó que la diferencia entre el ser una persona normal y un ludópata consistía en la delgada línea de la mesura, y es así con todo, el que bebe no hace nada malo, salvo cuando supera la línea, comer es indispensable para nuestra supervivencia, pero saltarnos la delgada línea termina siendo perjudicial. Don Ramón siempre dijo que el mundo era más simple de lo que parecía, y que lo más difícil para todo ser humano, consistía justamente en entender esa simplicidad.

Sucede que mi padre era un idiota… esa es la triste realidad. Ahora que me encuentro en la ciudad, ahora que sé que es eso de los test de coeficiente intelectual, puedo decir convencido que mi progenitor era un fronterizo. Eso me produjo miedo por mucho tiempo, si él era estúpido, significaba que también yo debía serlo. Pero, en la academia, un profesor me explicó que los genes predominantes son los da la madre, es decir que tengo más de mi madre que de mi padre y, según pude averiguar, pues mi madre falleció cuando yo acababa de cumplir dos años, ella era bastante “despierta”; una verdadera suerte todos esos detalles de la genética.

Y al igual que con los seres humanos, la genética importa en los gallos de lidia. Luego de mi primer encuentro con la gallística, no pude sacarla de mi mente. Lo que vi fue simplemente hermoso. Y si bien en un principio las palabras del viejo me parecieron vacías, luego de tener a las aves en frente, se tornaron en una verdad irrefutable; el garbo, el porte, la solemnidad, el vigor y la astucia, cada una de esas virtudes se dibujaban claramente en los gladiadores nacidos para morir en la arena.

Adquirí respeto por esas aves y le pedí al viejo Ramón que me instruya, quería conocer a los gallos tan bien como él los conocía; quería ver y comprender el mundo como él lo comprendía. No sabía por qué, qué buscaba yo con todo eso, por qué empecé a alejarme cada vez más de casa para aprender sobre la vida, sobre el respeto a la naturaleza de las cosas. Sucede que el pueblo me quedaba chico, ahora lo sé, ahora entiendo mucho de lo que no entendí hasta que salí a conocer el mundo.

Don Ramón me explicó todo lo mejor que pudo. Dijo que la mayoría de personas son mediocres, traicioneras y cobardes, que la finura, así como en los gallos, no suele estar presente en los seres humanos. La ley, la finura o la casta, cómo uno quiera llamarla, es lo más importante, es lo que determina su voluntad, su vigor, su magnanimidad, y al igual que con los humanos, eso lo transmite la madre; es por eso que las gallinas que tienen hijos campeones no se venden, tan solo se prestan o se regalan entre galleros como muestra de respeto y amistad.

Cuando uno está mocoso no entiende las lecciones que nos dan los más viejos, pero vale la pena escucharlos… su experiencia suele darles la razón. Al salir del pueblo me enfrenté a una realidad completamente distinta a la vivida hasta entonces. El caos de la ciudad más de una vez me ha hecho extrañar mi viejo catre, mi habitación sin puerta, y al buen Ruffus. Mi padre… siempre fue un alma en pena, tal vez su estupidez, sumada a la tragedia de la muerte de mi madre, lo volvió orate o idiota; no lo sé. Salí muy joven, ya ni recuerdo su rostro…

Ruffus ganaba cada lucha. Semana tras semana, se llevaba los premios y si bien yo no podía ir a verlo para no encontrarme a mi padre, el viejo Ramón compartía una parte de la ganancia conmigo; me daba cinco miserables soles, que si bien en ese entonces me parecían bastante, ahora sé que no era nada por el dineral que hacía con mi gallo. Pero a esa edad, ¿qué gastos podía tener? Casi ninguno, así que me dediqué a ahorrar. Empecé a guardar las monedas bajo mi cama, convencido de que mi padre nunca se daría tiempo de limpiar mi habitación, y estaba en lo correcto. A los meses ya tenía cincuenta soles, que terminaría usando para subirme a un bus y cambiar mi vida.

Tuvieron que pasar muchas cosas antes de eso: Muchas lecciones de Don Ramón; es increíble todo lo que uno puede aprender de niño, pues si bien en un principio no seguí sus recomendaciones sobre la vida, luego de un tiempo en la ciudad noté que el viejo siempre tuvo la razón… A esas lecciones se suman la innumerable cantidad de veces que tuve que curarle las heridas a mi gallo… Ver a Ruffus lastimado siempre me generó diversas sensaciones, pero la predominante, la que se imponía sobre las demás, era la de orgullo: por esa fuerza que emanaba, por ese impulso de vida que parecía imposible de apagar… Incluso luego de las más fuertes palizas, mi gallo siempre buscaba ponerse de pie y aguantar, recio, como macho, las curaciones.

Esa etapa no duró mucho; unos meses, medio año si no mal recuerdo. Ya ni sé qué día salí del pueblo. Había aprendido bastante sobre gallos, el viejo realmente era un buen maestro, me enseñó cómo cuidar y entrenar a los animales. Ruffus siempre fue el mejor; no perdía ninguna pelea. Cuando terminaba demasiado magullado, significaba que el otro gladiador había perecido en la arena.

El mundo es violento, se mueve más rápido de lo que esperamos, cuando nos damos cuenta ya el tiempo pasó; lamentarse por la muerte de los guerreros resultaba absurdo. “Llora por tu padre cuando muera, por tus amigos, pero no por el guerrero que murió valientemente, en su ley, con su finura”… Las palabras del viejo me mantuvieron con vida las frías noches que pasé a la intemperie los primeros días luego de comenzar mi gran viaje.

Creo que Don Ramón sabía que un día cogería mis cosas y me largaría, por eso me preparó, me enseñó un oficio mejor que el de limpiabotas y cuando llegó el momento, no intentó detenerme. Estaba listo para la calle, para emprender el largo camino que me tenía deparado el destino. Yo debía salir de ese pueblo. Todo lo que sucedió en mi vida, fue, de a pocos, llevándome hasta donde estoy… Y pese a todo, aún quiero más, yo siempre quiero más; no pararé hasta exhalar mi último aliento… El viejo me lo dijo cuando regresó con Ruffus muerto entre sus brazos: “No te derrumbes, mocoso, que tú también tienes finura”. Luego de eso, tomé mis cosas, y fui a enfrentar mi propia ley.

Por: Carlos de la Torre Paredes