Ruffus tiene finura (cuento)

 

“El buen gallo ayuda a la suerte,
nunca la suerte ayuda al buen gallo”.

ANÓNIMO, REFRÁN DE GALLEROS.

 

—Lo que pasa es que tiene finura —explicó el viejo mientras observaba al gallo.

—¿Finura, qué es eso? —le pregunté.

—Este es un guerrero. Un macho de verdad.

—¿Por eso mata a todos los demás?

—Por eso mismo.

—¿Hay que matarlo?

—¡No! No seas estúpido.

—Pero mi papá dice que es un problema.

—Tu padre es un ignorante, muchacho. Si no lo quieres, déjamelo.

—No. Es mi amigo.

—¿Prefieres que termine muerto?

—Mi papá no lo matará.

—Si no lo hace seguirá matando a todos los gallos que se le crucen. Así son estos. Uno bueno te has conseguido. ¿Cómo así lo tienes, ah, sí ni sabes para qué sirve? ¿De dónde lo robaste, mocoso?

—Qué. No… no. Yo no robé nada. Lo encontré polluelo. Estaba tirado en mitad de la calle.

—¿Crees que soy cojudo? Este animalito vale un huevo de plata.

—No… no sabía señor.

—Bueno, pues, ya lo sabes. Anda dile a tu viejo que no sea tarado y me venda el gallo a buen precio. Lo cuidaré bien, y te dejaré visitarlo cuando quieras. ¿Qué dices, mocoso?

—¿En serio?

—Sí, pero para que tu “papá” no joda mucho, no le digas que el gallo vale, pues. Entiendes, ¿no? Le dices que lo usaré para que mis gallos practiquen.

La verdad es que no entendí qué pasaba. Comprendí lo que el viejo Ramón me dijo, pero no las consecuencias de lo que haría. Ese gallo era un verdadero campeón y lo dejé ir por unos miserables soles. Mi padre nunca se enteró, él estaba preocupado con su huerto y sus gallinas y al escuchar que le pagarían por deshacerse del buen Ruffus, no lo pensó dos veces. En ese entonces me pareció un buen trato: podría pasar tiempo junto a mi gallo y las aves de mi padre dejarían de morir.

No tardé mucho en notar mi error. Al principio, el viejo no me explicó cómo funcionaba el negocio. Llegué a pensar que el gallo era un bien preciado por sí mismo, una cosa rara, inusual, una especie de trofeo. A mis ocho años no comprendía la naturaleza del espectáculo, ni a la naturaleza en sí misma. El viejo me ocultó la realidad todo lo que pudo, hasta que un profundo corte en la cabeza de Ruffus hizo inevitable que protestara, que exigiera explicaciones. El viejo me las dio, en ese momento fue sincero, dijo que el mundo era y estaba hecho para hombres, y que como hombre debía conocer la verdad: Ruffus era un guerrero, esa era su principal virtud, pero, además, era un artista. El mejor “navajero” que el viejo había visto en su vida; dijo que un poco de entrenamiento bastó, que ese tipo de animales nacen preparados.

En ese momento me escandalicé. No imaginaba a mi amigo luchando a muerte. Empecé a llorar y amenacé con llevarme a mi gallo. Él dijo que ya no era mío y que si intentaba algo me zurraría a golpes y luego me llevaría donde mi padre para acusarme de ratero. ¿Qué puede un mocoso contra la opresión generacional? Nada, ahora lo sé. Pero entonces seguí llorando, lo insulté, le dije maldito, viejo de infeliz… El permaneció serio, esperó hasta que termine mi berrinche y luego me habló con tranquilidad.

—Mocoso, es su naturaleza. Han nacido para luchar.

—Pero está lastimado.

—A él no le molesta. Él vive para morir peleando. Quitarle eso es desperdiciarlo, despreciar su esencia.

—¡Maldito, quiere que muera!

—Muchacho, tal vez estás muy joven para comprender la sabiduría de la naturaleza, pero con el tiempo la comprenderás. La naturaleza nos enseña lecciones. Y la ley, la finura de los gallos, nos enseña qué es el valor, qué significa realmente. El solo observarlos es toda una lección de vida, muchacho. Te llevaré a verlos luchar. Ruffus hoy descansa, pero vamos nosotros, tal vez hasta nos encontremos con tu padre.

Mi padre realmente era ignorante. Qué se puede hacer, qué puedo decir en su defensa, si ni cuenta se dio que tenía un gallo de lidia en su corral y tampoco lo reconoció al encontrarlo meses después luchando para Don Ramón… Bueno, era un buen tipo, trabajador, obstinado, pero lamentablemente cobarde, nunca quiso ver más allá de su propia nariz. Pero la historia de mi padre es otra, y no merece la pena ser contada. Solo importa que ese día, tal y como dijo el viejo, estuvo ahí, apostando unos cuantos soles al gallo que se veía más gordo. Me miró extrañado cuando me acerqué, pero tan solo me acarició la cabeza y siguió distraído con el espectáculo; él no solía apostar, pero aquella vez lo vi bastante emocionado.

El coliseo era el lugar más concurrido del pueblo y recién me enteré ese día; los niños no tenían nada que hacer ahí pasadas las siete de la noche. Al parecer la pelea ya había empezado pero yo solo conseguía ver piernas y más piernas. El viejo me tomó de la mano y caminó conmigo abriéndose paso entre la multitud. Llegamos adelante, la arena se veía claramente. Los dos gallos se miraban fijos mientras se rodeaban. Uno saltó sobre el otro y le atinó un picotazo. Nuevamente separados, no dejaban de observarse, no dejaban de mover sus pequeñas patas para rodearse, siempre amenazantes.

Don Ramón tenía razón. Bastó tan solo observarlos un momento para comprender a qué se refería: La belleza de los gallos, la expresión máxima de valor, de coraje y terquedad; campeón no es necesariamente quien siempre gana, sino quien aguanta hasta el final, quien pese a estar al borde de la muerte, no se rinde. Y eso observé ese día. Los picotazos iban y venían, nada era seguro, solo que ambos combatientes dejaban todo de sí en la arena. Fue magnífico. Vi al animal como lo que era, más que una simple mascota, más que un amigo, era un luchador, y como todo luchador, solo podía ser realmente libre en el campo de batalla.

Fue el gallo más gordo, por el que apostó mi padre, quien perdió; agonizante, intentó levantarse pero fue inútil, cayó pesadamente y su dueño entró presuroso a rescatarlo. La lucha terminó, había un campeón. Los aplausos se hicieron escuchar, muchos gritaron “¡Bravo!”, felicitaron al ganador, pero mi padre estaba entre los pocos incómodos que no supieron apostar. Su noche se había echado a perder pues arriesgó convencido que el tamaño sería determinante. Se maldecía por haber derrochado dinero; consideraba al juego un mal hábito y por eso le bastaba entretenerse con el espectáculo. Pero ese día se aventuró y, al perder, se enfureció, y recién reflexionó sobre mi presencia en el coliseo.

Mi padre caminó entre la gente y se acercó al viejo para increparle el haberme traído. Don Ramón lo miraba tranquilo, intentó explicarle que no era nada malo, pero él no entendía, me tomó del brazo y me llevó a casa casi a rastras. Mientras andábamos, me exigió no volver a ver al viejo, dijo haber escuchado cosas malas de él y, además, lo sabía apostador.

¿Cosas malas? Si todo el pueblo respetaba al viejo. ¿Apostador? Pues sí, pero qué tiene de malo apostar si es con mesura, si se hace por diversión o si estás seguro de ganar… mientras no sea más que unos pocos soles. El viejo fue muy claro con eso cuando volví a verlo —pues empecé a escabullirme cada vez que pude—, explicó que la diferencia entre el ser una persona normal y un ludópata consistía en la delgada línea de la mesura, y es así con todo, el que bebe no hace nada malo, salvo cuando supera la línea; comer es indispensable para nuestra supervivencia, pero saltarnos la delgada línea termina siendo perjudicial. Don Ramón siempre dijo que el mundo era más simple de lo que parecía, y que lo más difícil para todo ser humano, consistía justamente en entender esa simplicidad.

Sucede que mi padre era un idiota. Esa es la triste realidad. Ahora que me encuentro en la ciudad, ahora que sé qué es eso de los test de coeficiente intelectual, puedo decir convencido que mi progenitor era un fronterizo. Eso me produjo miedo por mucho tiempo; si él era estúpido, significaba que también yo debía serlo. Pero, en la academia, un profesor me explicó que los genes predominantes son los de la madre; es decir, que tengo más de mi madre que de mi padre y, según pude averiguar, pues mi madre falleció cuando yo acababa de cumplir dos años, ella era bastante “despierta”. Una verdadera suerte todos esos detalles de la genética.

Y al igual que con los seres humanos, la genética importa en los gallos de lidia. Luego de mi primer encuentro con la gallística, no pude sacarla de mi mente. Lo que vi fue simplemente hermoso. Y si bien en un principio las palabras del viejo me parecieron vacías, luego de tener a las aves en frente, se tornaron en una verdad irrefutable; el garbo, el porte, la solemnidad, el vigor y la astucia, cada una de esas virtudes se dibujaban claramente en los gladiadores nacidos para morir en la arena.

Adquirí respeto por esas aves y le pedí al viejo Ramón que me instruya, quería conocer a los gallos tan bien como él los conocía; quería ver y comprender el mundo como él lo comprendía. No sabía por qué, qué buscaba yo con todo eso, por qué empecé a alejarme cada vez más de casa para aprender sobre la vida, sobre el respeto a la naturaleza de las cosas. Sucede que el pueblo me quedaba chico, ahora lo sé, ahora entiendo mucho de lo que no entendí hasta que salí a conocer el mundo.

Don Ramón me explicó todo lo mejor que pudo. Dijo que la mayoría de personas son mediocres, traicioneras y cobardes, que la finura, así como en los gallos, no suele estar presente en los seres humanos. La ley, la finura o la casta, como uno quiera llamarla, es lo más importante, es lo que determina su voluntad, su vigor, su magnanimidad, y al igual que con los humanos, eso lo transmite la madre; es por eso que las gallinas que tienen hijos campeones no se venden, tan solo se prestan o se regalan entre galleros como muestra de respeto y amistad.

Cuando uno es mocoso no entiende las lecciones que nos dan los más viejos, pero vale la pena escucharlos. Su experiencia suele darles la razón. Al salir del pueblo me enfrenté a una realidad completamente distinta a la vivida hasta entonces. El caos de la ciudad más de una vez me ha hecho extrañar mi viejo catre, mi habitación sin puerta, y al buen Ruffus. Mi padre… siempre fue un alma en pena, tal vez su estupidez, sumada a la tragedia de la muerte de mi madre, terminó de fundir algo en su cerebro; casi se volvió orate o idiota, no lo sé. Salí muy joven, ya ni recuerdo su rostro…

Ruffus ganaba cada lucha. Semana tras semana, se llevaba los premios y si bien yo no podía ir a verlo para no encontrarme a mi padre, el viejo Ramón compartía una parte de la ganancia conmigo. Me daba cinco miserables soles, que si bien en ese entonces me parecían bastante, ahora sé que no era nada por el dineral que hacía con mi gallo. Pero a esa edad, ¿qué gastos podía tener? Casi ninguno, así que me dediqué a ahorrar. Empecé a guardar las monedas bajo mi cama, convencido de que mi padre nunca se daría tiempo de limpiar mi habitación, y estaba en lo correcto. A los meses ya tenía cincuenta soles, que terminaría usando para subirme a un bus y cambiar mi vida.

Tuvieron que pasar muchas cosas antes de eso: Muchas lecciones de Don Ramón; es increíble todo lo que uno puede aprender de niño, pues si bien en un principio no seguí sus recomendaciones sobre la vida, luego de un tiempo en la ciudad noté que el viejo siempre tuvo la razón. A esas lecciones se suman la innumerable cantidad de veces que tuve que curarle las heridas a mi gallo. Ver a Ruffus lastimado siempre me generó diversas sensaciones, pero la predominante, la que se imponía sobre las demás, era la de orgullo: por esa fuerza que emanaba, por ese impulso de vida que parecía imposible de apagar… Incluso luego de las más fuertes palizas, mi gallo siempre buscaba ponerse de pie y aguantar, recio, como macho, las curaciones.

Esa etapa no duró mucho; unos meses, medio año si no mal recuerdo. Ya ni sé qué día salí del pueblo. Había aprendido bastante sobre gallos, el viejo realmente era un buen maestro, me enseñó cómo cuidar y entrenar a los animales. Ruffus siempre fue el mejor, no perdía ninguna pelea. Cuando terminaba demasiado magullado, significaba que el otro gladiador había perecido en la arena.

El mundo es violento, se mueve más rápido de lo que esperamos, cuando nos damos cuenta ya el tiempo pasó; lamentarse por la muerte de los guerreros resultaba absurdo. “Llora por tu padre cuando muera, por tus amigos, pero no por el guerrero que murió valientemente, en su ley, con su finura”. Las palabras del viejo me mantuvieron con vida las frías noches que pasé a la intemperie los primeros días luego de comenzar mi gran viaje.

Creo que Don Ramón sabía que un día cogería mis cosas y me largaría, por eso me preparó, me enseñó un oficio mejor que el de limpiabotas y cuando llegó el momento, no intentó detenerme. Estaba listo para la calle, para emprender el largo camino que me tenía deparado el destino. Yo debía salir de ese pueblo. Todo lo que sucedió en mi vida, fue, de a pocos, llevándome hasta donde estoy. Y pese a todo, aún quiero más, yo siempre quiero más; no pararé hasta exhalar mi último aliento… El viejo me lo dijo cuando regresó con Ruffus muerto entre sus brazos: “No te derrumbes, mocoso, que tú también tienes finura”. Luego de eso, tomé mis cosas, y fui a enfrentar mi propia ley.

Por: Carlos de la Torre Paredes

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