Bye bye dinosaurios

(Artículo publicado en el diario digital Yo me llamo Perú en su sección May Neim Presenta. Enero 2015).

La adaptación, la asimilación, son actos naturales al hombre. No hay territorio demasiado hostil ni camino demasiado largo. Durante su historia, el ser humano ha hecho y deshecho, ha llegado a lugares que ni siquiera sabía que existía, ha domado a las fieras más salvajes y ha soportado calamidades, una tras otra, siempre saliendo airoso. Somos una especie realmente interesante, más que eso, fantástica, capaz de cualquier cosa – todo en su momento –, y todo cuanto sale de nosotros no es más que un reflejo, una afirmación irrefutable de nosotros, como individuos, como especie.

Por lo mismo, se puede asumir que la cultura producida por los humanos, al ser reflejo nuestro, posee todas las características que nos configuran y nos hacen moldeables. Si uno tiene buen oído, buen ojo, y algo de olfato, se dará cuenta que la cultura es una montaña rusa sin fin ni rumbo fijo. Puede pasar cualquier cosa, la cultura se adaptará como el hombre se adapta, pues la cultura nos pertenece a todos.

Sin embargo, nuestra sociedad académica es demasiado conservadora con respecto a temas artístico-culturales… y no hablo de que debamos aplaudir inodoros pegados a paredes blancas, ni nada por el estilo. Nuestros intelectuales permanecen reticentes a la adaptación que les exige el mundo. Pasa en todo, desde la literatura hasta la música. Los dinosaurios pelean por la vida en tiempos de hombres; perderán al fin y al cabo, y aparecerán nuevos dinosaurios, espero que no me toque… Y habrán nuevos hombres, y con ellos nueva cultura, que se impondrá, por las buenas, lentamente, esperando tomar el lugar que les corresponde en el ciclo.

¿Todo parece funcionar perfecto, cierto? Y en parte, sí, funciona, pero no como debería. La realidad es que los espacios culturales están realmente reducidos y son los artistas mismos, quienes por insistencia, logran posicionar sus productos artísticos – consecuencia de toda la carga cultural que los hace quienes son –. Retroalimentación que no consigue espacios para mostrarse y llegar a toda la cantidad de personas que también merecen tener acceso a ella, participar de la cultura, para disfrutar y aprender de su diversidad. Es un tema generacional, pero no en el sentido de las canas o no canas, es simplemente un juego de poder en el espacio tiempo histórico entre la tradición fija y la tradición maleable, que es la que al fin prevalecerá.

Si no se adapta… muere, y es por eso que la cultura se ha reformado tanto y se reformará siempre; como bien lo dijo Arguedas refiriéndose a la adaptación de las tradiciones andinas – lo que ha permitido que aún hoy sigan vigentes muchos de sus elementos –. Y es lo que sucede, pero muchos no quieren verlo… Hace poco, una gran cantante me comentaba que le daba lástima que en el conservatorio de música no se tomara en cuenta lo popular.

Mozart, Beethoven, Chopin, Wagner… Sí, muy buenos, pero no va con todos… Y cuando un músico peruano tiene que salir a ganarse la vida, o peor aún, cuando salen al extranjero… ¿qué le piden que toque? Lo mismo pasa en la literatura, e imagino que en la pintura. Los viejos estándares buscan mantenerse… el problema es que nuestros viejos estándares no responden a nuestra realidad en ninguna medida; no estamos en Viena ni somos un país dentro de los veinte primeros en el ranking del PBI, nuestro consumo cultural es pobre y… ¿Cuántos escuchamos Mozart?… ¿Qué tan desarrollado tiene que estar nuestro oído para poder disfrutar de la música clásica?

Yo creo que bastante.

Y no se trata de buscar melodías repetitivas e inventadas en algún laboratorio que estimulan directamente nuestros cerebros, no se trata de plantillas con lo que debería ser la literatura, ni moldes para los escultores. Se trata de adaptar la calidad a las exigencias de la época, es decir, acomodar un buen producto a la tendencia del mercado. Claro, esto ya pasa, pero con una gran resistencia del sector académico, complicando el posicionamiento de los nuevos productos.

Pero no es solo el sector académico el conservador en temas culturales, somos todos y se nota claramente con nuestra música “criolla”; ¿o es que no te has dado cuenta que cuando un fina estampa o un malpaso o cualquier otra canción que conocemos desde pequeños suena demasiado distinta a como estamos acostumbrados, se nos complica escucharla, no porque suene mal, sino porque no es como siempre?… Algo así como la sazón de mamá, si no es de ella, no sabe tan bien pese a que esté bien.

Se nos dificulta mucho aceptar lo innovador, lo distinto, simplemente porque no tenemos costumbre de hacerlo. Esto no permite un verdadero análisis y desarrollo de las tendencias que terminarán por quedar y representarnos como generación. Además, obliga a los artistas a dedicarse no tan solo a su trabajo artístico propiamente dicho, sino también a buscar espacios de difusión, que pese a ser alternativos, por suerte, están consiguiendo posicionarse gracias a la democratización comunicacional que nos ha traído el internet.

Lamentablemente la realidad de nuestro país obliga a la mayoría de artistas a volverse sus propios agentes, y si bien algunos, más hábiles que otros para vender su producto, logran vivir de su arte, la verdad es que la mayoría no puede hacerlo, convirtiendo el arte en un simple accesorio de sus vidas.

¿Cómo producir arte, difundir cultura, si no se puede vivir haciendo eso, si solo se puede dedicar a ello como un hobby? De forma limitada, por supuesto. Y más importante aún, ¿cómo fomentar que la población consuma cultura, si sus referentes más cercanos, los artistas que hablan más como ellos, no pueden hacer llegar su mensaje simplemente porque el medio más visible en lo cultural – el intelectual-académico – no está dispuesto a darle espacios? Sucede que los dinosaurios siempre ven al hombre como algo pequeño… no saben que después de todo, esos pequeños quedarán.

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Siento, luego creo

(Publicado en el Diario digital Yo me llamo Perú, en la sección May Neim Presenta, el 07 de diciembre de 2014).

 

El proceso creativo es un tema recurrente para quienes nos dedicamos a la producción artística-cultural. No solo porque es bastante común que nos preguntan por éste, sino que además, nos gusta conversar de él entre colegas y compartir experiencias sobre cómo es que se nos ocurrió tal o cual cosa, o por qué decidimos esto o aquello.

Hace poco, un amigo me recordaba que todo lo relacionado a la creación artística se basa en la percepción, en nuestras sensaciones. Son éstas las que hablan por nosotros siempre que decidimos crear algo. Y es inevitable, pues la creación es, en sí misma, un medio de expresión canalizado por nuestra propia subjetividad. Todo se basa en lo que vemos, escuchamos, disfrutamos, detestamos, tocamos, sentimos a nivel emotivo… lo que fuere. Todo se combina para dar un resultado potenciado por nuestra capacidad de imaginar y las diferentes técnicas y habilidades que poseemos.

Estoy seguro que de haber sido hábil para la música o la pintura o alguna otra forma de expresión artística, la creación literaria hubiese tardado mucho más o simplemente nunca hubiese formado parte de mi trabajo. Necesitaba un medio de expresión y utilicé el que más se me adecuaba por distintas razones, que incluyen una terrible falta de ritmo para la música – intenté más de una vez tocar un instrumento –, un pésimo pulso como para la pintura, falta de recursos para realizar cine, entre otros.

Y es que quien realmente necesita expresarse encuentra la forma de hacerlo. Incluso las decisiones que se toman en el camino, como los estilos y los géneros a desarrollar, tienen que ver con esa necesidad de expresión. Cuando me preguntan por qué me he dedicado principalmente a la literatura fantástica y de ciencia ficción, mi respuesta, luego de haberlo meditado mucho, es que esos géneros – más allá de ser muy cercanos a mi generación gracias al cine, las caricaturas y los videojuegos – me han permitido expresar lo que deseo; simplemente se adaptaron mejor a lo que quise decir en ese momento.

Todo lo que genera algo en nosotros, todo lo que sentimos, es importante para la creación. Para mí, el cine, la música, los videojuegos, además claro de la literatura, fueron y son determinantes para mi trabajo; estoy convencido que sucede algo muy parecido con todos, o por lo menos casi todos, quienes se dedican a las distintos tipos de creación artística.

Además, hoy, más que nunca, las influencias se asimilan con mucha más facilidad, el fenómeno de las nuevas tecnologías, sumado a la sociedad neoliberal y la bonanza económica que fortalece a la burguesía emergente, permiten una apertura mucho más amplia en lo que respecta a enfoques y perspectivas. El arte en nuestro país ahora depende más del artista y del mercado; la rigidez de antaño – vinculada a visiones políticas sobre la función del arte y la cultura – se ha perdido, generando un brote, todavía pequeño, de productores y consumidores culturales.

Las condiciones están dadas. Estamos en un tiempo en que la cultura forma parte del mercado y eso permite a los artistas vivir de su trabajo; claro, todo depende del producto y las herramientas de marketing que lo acompañen. Ya no resulta descabellado dedicarse al arte como oficio ni pensar en la cultura como parte de una industria capaz de ganarse espacios propios y con tendencia a diversificarse en busca de nuevos consumidores, al igual que cualquier otra industria. Nos encontramos en un momento de gran libertad para la creación artística. Una libertad que diversifica y, que por lo mismo, es capaz de llegar a distintos tipos de preferencias.

Ahora, la meta consiste en fortalecer y consolidar esa industria cultural emergente que está apareciendo en nuestro país, pues, solo ésta, permitirá tener productos artístico-culturales capaces de posicionarse en los distintos mercados y de generar propios, alcanzando cada vez a más y más personas, democratizando, siquiera un poco, nuestro espacio cultural.

¿Y ahora… qué Frankenstein?

(Publicado en el Diario digital Yo me llamo Perú, en la sección May Neim Presenta el 25 de noviembre de 2014).
La producción de bienes y servicios culturales es más grande e importante de lo que la mayoría consideramos y genera una industria que convive con nosotros día a día. El cine y la música son productos culturales que todos consumimos de una u otra forma y en mayor medida que cualquier otro tipo de producto cultural, eso debido a que son espacios más comunes y sus medios de difusión son de llegada masiva. Con otras formas de expresión cultural no sucede lo mismo, o si sucede, aún no es al nivel de lo audiovisual.
Sin embargo, la nueva generación, que ha traído consigo computadoras portátiles que son a la vez teléfonos móviles, también está masificando el consumo de un tipo de produccióncultural: las tecnologías digitales; programas, aplicaciones, videojuegos. El usuario de smartphones está habituado a descargar información, actualizar su sistema operativo, pasar las largas horas que perdemos en el tráfico jugando algún videojuego o leyendo algún Ebook con la aplicación de su preferencia.
Y es que la tecnología modifica las sociedades. Lo hizo con las revoluciones industriales, luego de las cuales la forma de vida cambió drásticamente – antes, hijos vivían prácticamente lo mismo que padres y abuelos; luego, padres e hijos tenían vidas totalmente diferentes –, tanto así, que dio inicio a tendencias futuristas, proto-científicas y de rechazo a los duros estándares, en parte propiciados por la religión; dio inicio a la ciencia ficción con Frankenstein… Pero me voy del tema, el hecho es que las sociedades, la forma de ver el mundo y de pensar, cambian en la medida en que la tecnología avanza.
La producción, inclusive la cultural, se adapta e intenta generarse espacios en estos nuevos estándares que se generan; es una cuestión de mercado. Por eso cada día se consumen más Ebooks alrededor del mundo – no deja de ser una lástima que la empresa Amazon no tenga una verdadera presencia en nuestro país –. Las competencias de videojuegos a nivel planetario han ganado cada vez más importancia, al grado que la prensa nacional sigue atenta a los equipos de “gamers” que nos representan como peruanos; si me preguntan si los videojuegos son un deporte, yo diría que muchos lo son, y a su vez, unos pocos son verdaderas obras de arte, de la misma o mayor calidad que un gran libro o una gran película, una gran canción, una gran escultura y demás. También hay quienes se han hecho millonarios creando aplicaciones…
Ahora la cuestión es que nuestra producción cultural se ponga al nivel de la tecnología. Esos espacios que hasta ahora se les llama alternativos, son cada día más importantes y depende de quienes nos dedicamos a la educación y la cultura buscar la forma de aprovecharlos para así llegar a mayor cantidad de consumidores y con eso generar más espacios. Solo comprendiendo el mercado se podrán posicionar adecuadamente los productos culturales y masificarlos, en beneficio de toda la sociedad.
Así como Mary Shelley tuvo la visión de usar la ciencia para enfrentar todas esas tradiciones enquistadas en el tiempo, creando al monstruo de Frankenstein, nos toca a los peruanos valernos de la ciencia para romper los estándares culturales que mantenemos, focalizados y discriminadores en muchos aspectos. La tecnología es una herramienta, que si sabemos aprovechar, puede darnos a ese monstruo capaz de cambiar al mundo, que todos buscamos.

Cultura para todos… pues cuesta

(Publicado en el Diario digital Yo me llamo Perú, en la sección May Neim, el 9 de noviembre de 2014).
Los últimos años viene pasando algo que los gestores culturales y todos quienes trabajan cultura y educación notan claramente: Cada día se abren nuevos espacios de difusión cultural. Esto se debe a algo muy simple y es que la sociedad peruana ha empezado a consumir cada vez más cultura. Y además, existe un cambio de pensamiento: hoy, por fin, los artistas comprenden que su trabajo es como el de cualquiera, y debe poderse vivir de él.
Todo esto ha dado pie a un fuerte brote de editoriales, productoras, elencos, agencias de diseño, artistas independientes y demás creadores, que están dispuestos a hacer del arte su medio de vida. ¿Acaso los inicios de la industria cultural peruana? Me gusta pensar que sí, que es la pequeña empresa cultural la que terminará por generar la gran industria cultural. Nada más y nada menos que el reflejo de la “burguesía emergente” que cada día se hace más importante para el desarrollo de nuestro país.
Sin embargo, el consumo cultural – definitivamente vinculado al desarrollo económico, pues cuando hay hambre normalmente no hay tiempo para la cultura –, no encuentra la oferta necesaria. Si bien cada día se abren nuevos espacios e incluso las instituciones estatales los fomentan, éstos siguen sin poder satisfacer la demanda, principalmente por temas de distancia.
En el caso de la literatura, soy testigo de cómo debido a esa demanda, la iniciativa privada de gestores culturales y editoriales genera espacios de difusión cultural cada vez más descentralizados. Ejemplos son ferias de libros, encuentros de escritores, coloquios literarios, recitales y demás expresiones, que se realizan ya no solo en capitales de provincia.
Y es que las condiciones se están dando: las personas desean consumir cultura. Por eso tenemos un teatro al que cada día va más gente, conciertos multitudinarios de todo tipo de música, una industria del cine que aparece intentando posicionarse y da pie a concurrencias masivas a las salas de proyección. A todo esto se suma la expectativa que vienen produciendo los distintos festivales culturales y tecnológicos; sí, la tecnología, todo lo digital, también es cultura. Tal vez en unos años veamos más desarrollada la industria de videojuegos en nuestro país, sería un avance importante en materia de producción cultural y si se hace bien, con suficientes beneficios económicos para hacerlo sostenible en el tiempo.
Ese es el detalle, la democratización y descentralización cultural requieren sostenibilidad en el tiempo. Y si bien el estado da todo su esfuerzo en pro de la cultura, con ello no se genera sostenibilidad; se abren espacios, sí, reconocimiento y demás, sí, pero realmente no fortalece a la industria; para lograrlo, se necesita hacer de la cultura un producto rentable, y los únicos capaces son quienes tienen visión empresarial.
Y es que considero que esas iniciativas privadas que aparecen por todo el Perú – los posibles iniciadores de una verdadera industria cultural peruana – son las únicas capaces de democratizar la cultura, pues donde encuentren demanda, buscaran satisfacerla con oferta, entregando productos culturales diversos a públicos diversos. El trabajo que vienen desarrollando las pequeñas empresas ligadas a temas artísticos, los gestores culturales y artistas independientes, es no solo loable, sino además, fundamental para reducir las brechas culturales que nos siguen dividiendo entre peruanos.
¿Cómo fortalecer la industria cultural? ¿Con nueva legislación, con apoyo técnico? Puede ser, pero eso no es lo determinante, lo determinante es conocer y dar a conocer el trabajo que se viene realizando y apoyarlo de la forma más simple: consumiendo el producto si es que nos gusta.
Considerar que el arte y la cultura deben ser siempre gratuitos porque no forman parte de un trabajo profesional que toma tiempo, esfuerzo y dinero, sino que más bien se trata de un hobby; algo que se hace por pura filantropía; es no respetar a los artistas y minar los débiles cimientos de nuestra industria cultural emergente: la única capaz de acercar la cultura de todos hacia todos.
Por suerte, esta forma de pensar va quedando de lado y, por fin, se está produciendo para todos; basta indagar para encontrar diversidad en nuestra propia producción. Dependerá de los consumidores fortalecer ciertos aspectos y debilitar otros, como es natural, sin embargo, mientras se consuma cultura seguirá habiendo diversidad, y mientras más demanda exista, tendremos mayor oferta, mejores precios y mucha más diversidad.

¿Por qué no quieres leer?

(Publicado en el Diario digital Yo me llamo Perú, sección May Neim, el domingo 02 de noviembre de 2014).
Muchas veces, al ir a colegios para conversar con los alumnos, suelto la pregunta: ¿Quién lee por placer? De los treinta o cuarenta muchachos presentes, solo tres o cuatro levantan la mano. Para muchos, este puede ser un panorama desolador y preocupante, una muestra del poco desarrollo en nuestro país en materia de educación y fomento a la lectura, y puede que estén en lo cierto; pero las cosas nunca son tan negativas como parecen, y basta comprender que los muchachos lo único que necesitan es un poco de motivación para empezar a desarrollar el hábito por la lectura.
¿Cómo motivar? ¿Qué hacer para que un chico que solo agarra libros por órdenes expresas del profesor, y que incluso recurre a páginas web para no tener que leerlos, se decida a tomar un libro y sumergirse en su universo de palabras por simple placer? Esta pregunta es importante porque la literatura tiene la cualidad de enseñar mientras divierte: solo leyendo por placer las personas mejoran su comprensión lectora y su redacción, además de aprender a comunicarse con los demás y con uno mismo… Se piensa con construcciones sintácticas…
Personalmente, creo que la respuesta es más simple de lo que podría parecer y se fundamenta en la diversidad y la democracia. Cuando estoy frente a los alumnos, me gusta hablar de mi propia experiencia, pues creo que se parece a la de muchos. Antes de salir del colegio, mi relación con los libros siempre fue complicada, había una barrera invisible que me hacía rechazarlos, y todo se debía a que hasta ese entonces no encontraba un libro que me mostrara que en verdad había literatura para todos; durante el colegio nunca me identifiqué con ella, me parecía complicada y aburrida. No había nada de fantasía de aventuras ni de ciencia ficción, nada de terror ni de monstruos… Influencias más cercanas para mí, gracias a los videojuegos, las caricaturas, el cine, el cable y los azarosos principios del Internet en el Perú.
Recién entre mis diecisiete y dieciocho años, descubrí un libro que abrió mis horizontes y me hizo notar que la literatura es mucho más de lo que había pensado hasta entonces; realmente había literatura para mí. El libro de ciencia ficción “Crónicas marcianas”, de Bradbury, me dio lo que no me había dado ninguno de los autores clásicos: me divirtió y eso despertó mi interés y me motivó a buscar más. Así llegue a Orwell y sus dos libros más conocidos, luego a Philip K. Dick, Asimov, y después, en un acto natural, empecé a revisar a autores alejados de la ciencia ficción, incluso a los “clásicos”.
La literatura, el arte en general, es diversión; todo ese conjunto de emociones y sensaciones reflejadas en un texto, una pintura, una canción, entre otros, generan en el público diversión; sí, es cierto, pueden generar más cosas, pero si no divierte no atrapa, no motiva a seguir leyendo, viendo, escuchando o lo que fuera. Y el proceso que se sigue con cualquier tipo de arte es parecido, sin embargo, la música, al ser un espacio más común facilita el ejemplo.
Música escuchamos en todos lados, en la radio, en la tele, en nuestros celulares y demás. La música tiene una forma más sencilla de llegar a las personas, pues no requiere de nuestra completa atención para disfrutarla. Eso hace que haya música de todo tipo y para todos los gustos; gracias a su practicidad, la producción y la industria musical se encarga de colmar todos los mercados posibles. Es por eso que la mayoría de personas pueden identificar rápidamente sus géneros y artistas favoritos y, si lo desean, empezar a explorar más.
Creo que a todos quienes sentimos ese deseo por explorar nos ha pasado que, si bien empezamos con un tipo de preferencias, la misma exploración termina por modificarlas y abrir nuestros horizontes. A mis quince años escuchando Rock popeado de Los hombres G y Enanitos Verdes nunca me imaginé que a mis veintiséis terminaría deleitándome con Jazz e incluso con música clásica; para lo cual tuvo que pasar mucho tiempo y tuve que escuchar y aprender a disfrutar diversos tipos de música.
Sucede que todo es parte de un proceso y ese proceso depende de cada quién, de sus intereses y preferencias. Pude quedarme tan solo con libros de ciencia ficción, pero un impulso interno me llevó más allá. Así les pasará a muchos, y muchos otros se quedarán con lo primero que vieron y nunca saldrán de eso; es su decisión y debe respetarse. Pero literatura, expresiones artísticas, divertimento, hay para todos, y solo basta con entregarles a las personas los productos adecuados, diversos, que les permitan tomarlos como las herramientas que son, para hacer con su vida lo que deseen.
¿Cómo fomentar la lectura? Pues dándole a los chicos literatura que pueda gustarles, algo que vaya con ellos, que los motive. Si les gustan las historias medievales, pues hay para ellos, si les gusta la magia y la hechicería, también hay, romances, tragedias, guerras, fantasmas, aventuras en el espacio, hay para todos y depende de los padres y los educadores detectar esas preferencias, comprenderlas y cultivarlas; para así, forjar el hábito de leer.

Oye… ¿Me entendiste?

(Publicado en el Diario digital Yo me llamo Perú, sección May Neim, el domingo 26 de octubre de 2014).
Hace unos meses, un profesor a quien respeto mucho, terminó la exposición de una idea durante su clase con la siguiente pregunta: ¿Me entendieron? Todos lo miramos tranquilos, moviendo lentamente la cabeza de arriba abajo, afirmando; y claro que lo entendimos, teníamos el bagaje cultural suficiente como para hacerlo. Pero el profesor no estaba contento, se mostró reflexivo por unos segundos y se disculpó: Había hecho mal, nos había tomado por estúpidos. Y se explicó. La pregunta  “¿Me entendieron?” presupone una relación totalmente vertical, de superioridad intelectual del uno sobre el otro. La pregunta correcta, para él, como educador, debió ser: ¿Me he dejado entender?
Y para ser franco, me abrió un nuevo panorama. Tenía razón. Si bien todos los bachilleres que llevábamos la clase manejábamos básicamente el tema, había dado en el clavo. Él dictaba un curso y lo importante era que los alumnos aprendan, y no había mejor forma de hacer eso que romper la barrera de verticalidad, de considerar que porque he leído más de aquel tema o tengo más experiencia soy más inteligente. Me hizo pensar que lo más importante al momento de educar y por lo mismo al difundir cultura, aún más que la diversidad de temas que se pueden tocar, es, ante todo, buscar llegar a las personas, hablar con claridad, hablar para ellos, y no para uno mismo, en un acto egocéntrico e infecundo.
Educar, difundir cultura es difícil, siempre lo ha sido y siempre lo será, porque es necesario llegar a las personas y para eso se necesita empatía, predisposición a la diversidad y capacidad de asimilación. Lo importante es entregarles a las personas las herramientas necesarias para su propio desarrollo. Intentar ponernos en sus zapatos y pensar sobre lo que piensan, qué sienten, qué necesitan para acercarse a la cultura y enriquecer sus vidas. Si lo hacen o no, dependerá de cada quien.
Y para lograrlo, la diversidad es importante, porque hay que partir de la idea de que cada individuo tiene distintas necesidades, distintas ambiciones y ansias de superación. Pero es la diversidad la que nos dará las herramientas, la que nos permitirá discernir entre lo que nos agrada y nos desagrada, entre lo que nos parece bueno y lo que nos aburre, lo que queremos aprender y lo que no nos interesa aprender.
¿Cómo diversificar para educar? Personalmente creo que solo hay una manera, y es la de posicionar los productos culturales en el mercado, es decir, fortalecer las industrias culturales; la industria de la literatura, del cine, del teatro, de la música, la danza, la pintura… de las diversas artes; porque son las únicas capaces de llegar a todos los rincones, hablar en todos los idiomas, para la mayor cantidad de gente posible. Para mí, esa es la forma de democratizar el espacio cultural: dejar de discriminar al otro por sus gustos o preferencias y comprenderlo como un ser complejo y con mucho potencial que desarrollar, ávido de las herramientas que pueda y quiera usar. Y es por eso que es fundamental fomentar la producción y las industrias culturales, pues solo ellas son capaces de diversificar y masificar las distintas herramientas.
¿Me he dejado entender?